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la de un hombre». Aún no había salido el profeta persa de su asombro, cuando oyó que le
ordenaba que se despojase de su forma corporal y le siguiese. Reconozcamos que para
cualquier otro que un sublime «iluminado» como él, la orden hubiese sido total y absolutamente
desconcertante; pues no parece que haya otro modo de despojarse de la forma corporal, sobre
todo totalmente, que por obra de los gusanos cuando los que nos rodean deciden que ya no
hacemos nada sobre la superficie de la Tierra; o gracias a la acción depuradora de los hornos
crematorios que ya, al fin, van siendo instalados en nuestro bendito país. Pero, por lo visto,
Zarathustra (por algo era un iluminado), sin gusanos, sin horno, y sin vacilar lo hizo, y el
arcángel, satisfecho, le ordenó aún: «Sigúeme, que te voy a conducir ante Ahura Mazda el
Puro, el Creador, y ante sus santos Angeles.» Y así lo realizó. Allá fue, pues, el venturosísimo
profeta en pos del Arcángel (años después otro profeta, antiguo camellero, Mahoma, haría
también un viaje similar y no menos maravilloso que el lector curioso que no esté enterado,
puede conocer con suficientes detalles en el capítulo «El Islamismo» de mi Historia de las
Religiones, o en la noticia preliminar a mi traducción de El Corán), notando al llegar ante Ahura
Mazda que su propio cuerpo no proyectaba sombra.
Al leer esto, el que tal haga dirá tal vez: ¿Pero no quedábamos en que acababa de
despojarse de él? Sí, claro, qué le vamos a hacer. También la cosa me ha preocupado a mí;
pero la leyenda lo dice y yo no hago sino repetirla; de modo que sigamos sin preocuparnos
más. También dice que no obstante no tener con qué, al oír que le ordenaban que avanzase
avanzó, «y se sentó en el sitio destinado a los averiguadores». Más peliaguda encuentro yo la
cuestión que con lo ocurrido quedó planteada. Pues si Vohu Manah fue el que reveló la
verdadera doctrina a Zarathustra, lo que hizo el otro arcángel, Gabriel, con Mahoma fue un
puro plagio. Y si además la doctrina distinta, ¡un engaño! Y todos cuantos sepan esto, por
arcángel que sea Gabriel, me darán la razón. Para no complicar las cosas, sigo. Zarathustra
fue iniciado también en ciertos secretos misteriosos, e incluso en cuanto se produdría en la
historia del zoroastrismo. La verídica leyenda que refiere todo lo anterior no cuenta las
angustias que sentiría el Profeta al saber, puesto que todo le fue revelado, lo que harían,
primero los griegos capitaneados por aquel bárbaro de Álexandros, con sus libros, y luego los
magos con sus doctrinas; así como que los árabes acabarían con ella o poco menos. Claro que
tal vez Ahura Mazda, lleno de piedad, no consintiese que le instruyeran sino a propósito de los
momentos gloriosos. Luego permitió que volviese a la Tierra, que recuperase su cuerpo y
finalmente, y tal cual le había ordenado, que empezase a predicar a los hombres la buena
doctrina.
Zarathustra obedeció, peio el hacerlo le causó de nuevo infinitas amarguras. Ni todos le
escuchaban, ni los que le escuchaban le seguían. De éstos, unos se tapaban con una mano la
parte de debajo de la nariz para que no les viera reírse; otros, sin fingir siquiera que los
llamaban, le volvían la espalda, no obstante ser los puntos principales de su predicación los
cuatro siguientes: Venerar a Ahura Mazda, glorificar a los Arcángeles, oponerse a los
Demonios, y un cuarto punto no relacionado con lo extraterrestre, sino de otra índole, puesto
que aconsejaba que los matrimonios se celebrasen entre parientes próximos.
Los tres primeros eran sin duda recibidos con menos indiferencia que el cuarto. Aunque
no se tienen grandes precisiones sobre la religión del Irán antes de Zarathustra, y no muchos
tampoco sobre la de su tiempo (17), parece ser que Ahura Mazda, en quien Zarathustra
personificaba el Bien, hacia el que había que tender siempre, era para los reyes persas el más
grande de los dioses (18). En todo caso era ya considerado como invisible y su símbolo el
fuego. Carecía, además, de templos.
Decía que los tres primeros puntos de la doctrina de Zarathustra pudieron sorprender a
causa de hablar, si no de un dios nuevo, sí en todo caso nuevamente concebido, puesto que