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Spityura. Este Spityura era el hermano de Yama, el primer hombre de la mitología persa al que
aquél, dando prueba de una fraternidad semejante a la de Caín (por grande que fuese la
fantasía de los hombres ¡en cuántas cosas había de repetirse!) había dividido en dos
valiéndose de una sierra. Este poco recomendable personaje, carpintero del crimen, habitaba
en unión del Mal y de todos los males que componían su séquito mencionado, al Norte, donde
estaba el Infierno persa que como ya he dicho, a causa de ser el fuego un elemento sagrado
en esta religión, los «goces» eran administrados allí a base de hielo, un frío que agrietaba las
carnes, y demás elementos de la misma índole. Completaré la fantástica información diciendo
que la puerta de la enorme fresquera estaba en el monte Arezura, en la cordillera de los
Montes Alburez. Y que los bordes del mar Caspio, hacia donde caían los nada hospitalarios
desniveles anteriores, estaban infestados de demonios a quienes este enorme lago les gustaba
tanto que muchos vivían allí. Y vamos de nuevo con Zarathustra.
Le habíamos dejado a la puerta de su gruta, en la montaña, torturado por mil ideas
contrarias, como el Buda antes de la Iluminación, y como más tarde Mahoma hasta la segunda
aparición de Gabriel; pues según se cuenta, entre la primera y ésta transcurrieron tres años
pasados por el profeta árabe entre terribles inquietudes y sufrimientos espirituales. Por lo que
podemos juzgar, los partos espirituales de todos los grandes profetas fueron terribilísimos.
Compadezcámoslos y, si queremos un poco de paz, no aspiremos a ser profetas ni en nuestra
patria ni fuera de ella. Estaba pues, decía, sumamente atormentado Zarathustra, pensando que
los hombres de su tribu seguían llenos de supersticiones y de miedos y terrores primitivos, a
causa de lo cual, más las incursiones de los turanios, sus vecinos, tan ladrones y bandidos
como fuertes, vivían de modo intranquilo y miserable; y discurría sobre el medio de librarlos de
tanta angustia y de tanta ignorancia (de ésta mediante una religión mejor, y de los turanios
aconsejándoles que se uniesen), cuando de pronto un día, se le apareció, en vez de un dios,
idea que ya iba tomando cuerpo en su imaginación, ¡el Diablo! O por mejor decir, el Espíritu
Malo, el Príncipe de la Mentira, autor y causa de todos los tormentos, angustias, fanatismos y
miserias que pesaban sobre sus compatriotas. Y parece ser que verle y encresparse contra él
gritando: «¡Pues no, no cederé ante ti!», fue todo uno y lo mismo. Tras lo cual se cuenta que
añadió con no menos firmeza: «¡El Dios de la luz será victorioso de ti, oh Demonio de las
tinieblas!» Entonces, iluminado al fin, añadió: «¡Se acabaron dudas, incertidumbres y
sufrimientos! Voy a ponerme en camino para instruir a los hombres. Para decirles que sus
dioses de terror y de superstición no son sino los agentes del Espíritu del Mal y de la Mentira. Y
que los turanios que vienen a robarnos nuestros ganados enviados son por él. Y les anunciaré
también que no está lejano el día en que El, Ahura Mazda, el Creador, el Dios supremo, el Ser
de luz y de verdad ¡vencerá al Malo!»
Recobrada la calma y lleno su corazón de entusiasmo (el Tentador burlado había
desaparecido dando un bote y un bufido tremendos), fue favorecido por Ahura Mazda con una
maravillosa teofanía. Aparición tan admirable ni era la primera ni sería la última, pues los dioses
gustan a veces de venir en ayuda de sus elegidos para marcarles la vía que tienen que seguir y
darles de este modo prueba de su divina decisión de este o aquel modo, sí que siempre
maravilloso. Pero he aquí la de Zarathustra, pues no he hecho sino mencionarla y conviene
conocer, cuando menos, algunos de sus detalles por no ser menos verídica y edificante que las
otras tres. Empezaré por decir que el prodigioso hecho acaeció precisamente al alba del primer
día del decimoquinto mes Artavahisto (5 de mayo del año 630 antes de nuestra era; dado este
lujo de detalles creo que nadie se atrevería a poner este hecho en duda), y del modo siguiente
referido, sin faltar a la verdad, por la tradición en virtud de la cual conocemos tan prodigioso
hecho. Estaba Zarathustra, clareando el día como digo, al borde del Daiti, río perfectamente
sagrado, cuando de pronto un personaje magnífico que llegaba por el Sur, avanzó hacia él
llevando en las manos un bastón centelleante. Era nada menos que el arcángel Vohu Manan (o
Vohu Mano; una vocal u otra no quita realidad ni encanto al caso), cuya talla era «nueve veces