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sin más dificultad que la que supone el que de niños nos digan que es blanco lo que a nuestros
padres les dijeron que era negro. Pues para que el Islamismo sustituyese al Zoroastrismo no
hay noticias de que hubiese grandes persecuciones. El tipo mártir, es decir, los obstinados en
las creencias, suelen darse cuando estas creencias empiezan y tienen aún el fuego y
entusiasmo de lo nuevo, no cuando al cabo de años y de siglos, de cambios y modificaciones,
acaban por ser una rutina más. El hecho mismo de que los que no quisieron amoldarse a la
dominación árabe y a la nueva religión pudiesen escapar hacia la India (sus descendientes
forman el grupo de los actuales parsis), y que un puñado menor, ocho o diez mil (los actuales
guebres) continuasen en Persia con su antigua religión, parece probar que, en efecto, salvo
algún tirano intransigente de los que nunca faltan en los largos períodos de dominio, los nuevos
conquistadores no fueron excesivamente intolerantes no obstante los bárbaros preceptos del
Corán que ordenan ser implacables con los infieles. Cierto que los verdaderamente infieles
para aquellos árabes, es decir, para Mahoma, eran: los judíos por haberse burlado de su
doctrina y de él mismo, y los cristianos a causa de decir que Dios tenía un hijo, la mayor de las
blasfemias según el profeta árabe, entera y totalmente monoteísta. Es más, el actual Islamismo
chuta de Persia debe no poco a las viejas creencias del Irán.
Total, que aunque la biografía tradicional de Zarathustra sea puramente legendaria,
biografía que puede resumirse en lo siguiente: que los malos de su comarca trataron de
hacerle perecer cuando empezó a predicar su doctrina; que a causa de ello y para evitarlo se
retiró del Mundo; que tuvo entonces una serie de revelaciones; que los arcángeles, a propósito
de una de ellas, le transportaron junto al propio Ahura Mazda; que consiguió al fin convertir al
rey Vishtaspa; que fue tentado por el Malo sin éxito para éste, y, en fin, que murió en la guerra
santa suscitada por su predicación, no obstante lo anterior voy a dar algunos detalles más de
esta leyenda, muy particularmente para que se vea cómo la vida de todos los fundadores de
religiones tienen tales semejanzas que parecen cortadas con el mismo patrón; lo que parece
demostrar que tales vidas no tienen otra realidad que el propósito de los que deseando
embellecerlas a fuerza de magnificarlas, las elaboraron teniendo muy presente, para ahorrarse
nuevas invenciones, lo que ya se había dicho o escrito a propósito de otros profetas anteriores.
He aquí lo que, además de lo dicho, cuentan los que se encargaron de tejer la de
Zarathustra. De niño, puesto en manos de un buen maestro, dio, como el Buda (bien que la
leyenda de éste sea aún mucho más rica en detalles absurdos), pruebas de una gran
precocidad. A los quince años, edad a la que por lo visto se consideraba entonces a los
muchachos mayores de edad, Zarathustra recibió de su padre la herencia que le correspondía
y, entre otras cosas que no se mencionan, un cinturón que sería más tarde el símbolo de la
nueva religión. De estos años de juventud y de lo que pudo hacer durante ellos, la leyenda es
muy discreta; más vale así, puesto que lo poco que se sabe es contradictorio: se habla, por un
lado, de las antipatías y crisis de odio que según se dice le ocasionaba el ver la ignorancia, la
perfidia y las prácticas supersticiosas a que se entregaban cuantos le rodeaban, y por otra, de
su mucha compasión, pues se cuenta que daba a otros más pobres, para su ganado, el forraje
que sacaba o requisaba (si se prefiere esta palabra tan empleada hoy cuando parece un poco
fuerte decir «hurtar» o «robar»), de la granja de su padre; que no vacilaba en hacer grandes
caminatas tan sólo para socorrer a los hambrientos, y que un día fue a llevar pan a una pobre
perra que, falta también de recursos, agonizaba. Así mismo se refiere, y ello como prueba de
su propósito de modificar las costumbres, que tuvo la audacia de pedir que le dejasen ver,
antes de desposarla, a la mujer que le estaba destinada. Se cuenta también que sin tener aún
treinta años se retiró a un lugar solitario para entregarse a la meditación. Y que allí vivió
muchos meses, muchos, sin otro alimento que un queso que milagrosamente se formaba a
medida que lo iba consumiendo; todo mientras el fuego celeste cubría, como hubiera podido
hacerlo la erupción de un volcán amigo, el sitio donde se ocultaba. Esta gruta tan divinamente
protegida, es citada varías veces en las antiguas leyendas. Se dice también que allí, sentado a