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Mazda, renueve la Tierra y extermine para siempre todo cuanto no sea entera y absolutamente
bueno.
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El libro sagrado del zoroastrismo es el Avesta con frecuencia llamado impropiamente
Zend-Avesta (palabra viva). Este libro es poco conocido y ello por la simple razón de ser hoy
esta religión en otro tiempo tan importante, poco estimada. Y digo «estimada», porque el valor
de las doctrinas religiosas ha sido siempre medido, de un modo general, por el número de sus
adeptos, y actualmente el mazdeísmo o zoroastrismo con sus pocos más de cien mil, de los
cuales apenas una décima parte en el Irán, cuna de Zarathustra (los demás en la India, muy
especialmente en Bombay), poca cosa son al lado de los trescientos, cuatrocientos o más
millones con que cuentan otras religiones tales que el cristianismo, el mahometismo, el
hinduismo o el budismo. Es decir, que una vez más una gran religión víctima de las
circunstancias históricas y del tiempo, factores que hacen fatal, irremisiblemente, que se
cumpla esa ley que quiere que lo que nace tenga, sin excepción, que morir, está en pleno
ocaso. Sombra apenas de lo que fue, el mazdeísmo lógico es que sea poco y mal conocido
pese a ser madre de las religiones actualmente más importantes de la Tierra.
Mas por ello mismo el que merezca menos olvido, y que con objeto de conseguirlo, valga
la pena de acudir a sus textos sagrados. Estos textos, es decir, los actualmente existentes, no
representan o no son sino una reducida parte de los que existían cuando esta religión estaba
en pleno apogeo. Plinio el Antiguo dice que el profeta Zarathustra pasaba, en su tiempo, por
haber escrito dos millones de versos. Inútil insistir en que tal cosa no tiene otro valor ni
probablemente otra verdad que la que puede encerrar otra cualquiera de las mil leyendas
forjadas por la piadosa ignorancia posterior; leyenda dorada de todas las religiones, en favor de
los fundadores de éstas. Pero lo que sí está fuera de toda duda es, que la obra de Zarathustra,
caída en manos de sus seguidores, corrió la misma suerte que la de otros, el Buda, por
ejemplo; o sea, que no solamente fue desnaturalizada sino envuelta en una enorme maraña de
escritos que nada o muy poco tenían que ver con él y su original y verdadera doctrina. También
fuentes tardías hacen mención de veintiún Nask, de los cuales poco más de media docena y no
seguramente íntegros, han llegado a nosotros.
Cómo ha podido ocurrir pérdida tan considerable, nada más fácil de comprender. La
historia de esta religión lo explica claramente. Sin contar que conviene tener en cuenta que las
religiones no son otra cosa, en definitiva, que uno de los muchos elementos sociales de los
pueblos, y que a causa de ello están sometidos, como es lógico, a la suerte y variaciones que
sufren en el curso del tiempo los pueblos mismos. Y pocos de historia tan agitada y cambiante
como los que durante muchos siglos tuvieron como asiento las tierras del Irán (21), cuyos
habitantes tras haber conocido las mayores grandezas, quiero decir haber formado los
Imperios más poderosos de la antigüedad, cayeron, ley invariable de ese péndulo que rige la
vida de los pueblos, en las mayores servidumbres.
Así, en lo que al Avesta afecta, la invasión de Alexandros el Grande fue causa de su
destrucción casi total. Las religiones a base de libros sagrados, entre otros inconvenientes
estaban sometidas, en la antigüedad, a éste: el que estos libros, nunca en gran número a
causa de la dificultad de copiarlos, se perdiesen por obra de acontecimientos adversos,
principalmente éstos, las guerras e invasiones. Pérdida difícilmente reparable cuando se
trataba de grandes pueblos, como Persia, donde la religión no pasaba de ser un elemento
social cuya propia riqueza y variedad se oponía a esa unidad que en religiones, como en todo,
es lo que constituye la fuerza. En pueblos pequeños y a causa de ello víctimas y juguetes, es
decir, casi continuamente esclavos de los grandes que los rodeaban, como el judío, tantas
