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veces sometido a servidumbre ora por Babilonia ora por Egipto, se comprende que la religión
fuese sólo lo que perdurase a causa de obrar como el único lazo verdadero de unión, no
obstante, las diversas «diásporas» a las que durante muchos siglos estuvo sometido. En casos
así y no contando, como a los judíos les ocurría, con otros valores culturales, filosóficos,
artísticos o científicos, se comprende que la religión fuese todo para ellos además de su lazo
de unión principal. Pero no en los grandes Imperios donde a causa de su misma extensión, la
religión era un verdadero mosaico integrado por cien creencias diferentes. Tanto más en la
antigüedad en la que, como se sabe, los politeísmos eran sumamente tolerantes a causa de lo
cual los pueblos conquistadores no se ensañaban con los vencidos en el terreno religioso,
limitando a hacer suyos, es decir, a meter en su panteón, a los dioses de los pueblos que
dominaban, seguros, no tan sólo de que los suyos eran superiores puesto que les habían
permitido el triunfo, sino que incluso los dioses de los vencidos, que así mismo habían
consentido su victoria, estaban satisfechos de entrar en el nuevo panteón. Fue preciso, pues,
llegar a los «monoteísmos» para que los partidarios de estos sistemas fuesen enemigos
irreconciliables de los dioses de los pueblos sobre los que prevalecían, a los que, no
atreviéndose a negarlos por miedo a no poder probar con otras razones que su fe, la
superioridad e incluso la existencia de los suyos, se limitaban (como hicieron los Padres de la
Iglesia con los del paganismo greco-romano) a considerarlos como demonios. El mal, pues, no
hubiese sido mucho con sólo este cambio de nombre (de dioses en demonios), si su rabia y
celo religioso se hubiese limitado a esto; pero como no sólo hacían víctimas de su furia a las
ideas sino a los hombres que se negaban a cambiar las que habían heredado por las suyas, en
el Irán, al llegar los musulmanes, los que no quisieron sumarse a los que en nombre de Alá,
«clemente y misericordioso», llegaban a sangre y fuego, tuvieron que huir para no perder al
mismo tiempo que los bienes la vida. Sus descendientes constituyen hoy los apenas cien mil
parsis que en Bombay siguen adorando al fuego, elemento puro por excelencia de la primitiva
religión de Zarathustra. Por cierto que estos parsis son hoy el grupo más desarrollado de Asia,
se trate de negocios o de empresas comerciales o industriales. Se los considera sin discusión
como uno de los pueblos más activos y emprendedores, al mismo tiempo que serios y
honrados, del Mundo. Pero volvamos atrás y enhebremos el hilo de la historia.
Tras Alexandros (y ya las doctrinas en manos de los magos eran apenas una sombra de
lo que había soñado y predicado el profeta iranio), pocos esfuerzos fueron hechos, por lo que
podemos colegir, para restablecer lo que había sido destruido, y ni tan siquiera para conservar
lo poco que había quedado. De Persia salió una religión nueva a la cabeza de la cual brillaba
un dios (nunca mejor se podría emplear este verbo «brillaba», puesto que se trataba de un dios
solar), Mithra, que nacido en la India, había sido ya conocido en Persia antes de Zarathustra, y
que adoptado por las legiones romanas de Pompeyo, iba a desempeñar con el calificativo de
Sol invictus un importantísimo papel. Pero volvamos a la doctrina.
Los libros que forman el Avesta encierran una serie de servicios litúrgicos adecuados a las
diversas ocasiones del culto y de la existencia civil. Se dividen en cinco partes, a saber: el
Vendidad Sadé, base de la ley, el Izeschné «elevación del alma», que es una colección de
rezos; el Vispared o enumeración de los seres principales; el Yeshté Sadé, reunión de
fragmentos, y el Siroz o los Treinta días, colección de rezos dirigidos a los Genios que presiden
cada día.
La doctrina del Avesta actual está basada en la existencia de un primer Principio,
Soberano del Universo, él sin principio a su vez, ni fin. Este Ser, que la razón sería incapaz de
comprender, es el autor de otros dos grandes principios activos que ejercen gran influencia
sobre el Mundo: los únicos establecidos por Zaratbustra y que ya conocemos, Ormuzd y
Ahrimán; el anterior a ellos es obra de la influencia cervanista, como ha sido dicho.