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Y ya citaré otra obra, ésta mucho más moderna, el Minokhired, o diálogo de un sabio parsi
con las inteligencias celestes. Este escrito contiene vivos ataques, con frecuencia
acrimoniosos, contra las otras religiones y las doctrinas filosóficas. No las nombra, pero las
califica de obras del Demonio, como son, para los iranios, todas las doctrinas distintas de las
de Zoroastro.
Los parsis de la India habían, hacia fines del siglo XIV, perdido los manuscritos del
Vendidad, que habían traído de Persia cuando se vieron obligados a escapar a causa de las
persecuciones musulmanas. Un destur (sacerdote), llamado Asderchir, trajo un manuscrito
nuevo, que fue el que sirvió de tipo a todos cuantos hoy corren por la India. En cuanto a las
otras partes del Avesta, las copias diseminadas por Oriente ofrecen entre ellas pocas
diferencias. Entre los manuscritos de Europa, los más antiguos se encuentran en
Compenhague y en Londres. Son probablemente de principios del siglo XIV, entre 1320 y 1330.
La expresión Zend-Avesta no es muy antigua. Es probablemente posterior a la invasión
musulmana. La palabra avesta, o en su forma más antigua apestak, significa «el texto». Es
empleada por los parsis para designar sus libros sagrados; no se sirven de la palabra ley (din),
a la cual dan un sentido más restringido. En una época más antigua se encuentra la expresión
manthro spento, la santa palabra, con la que se designan los libros sagrados; expresión que
modernizada se ha transformado en manserspent.
En fin, tal vez no estaría de más decir, que Europa entró en contacto con la religión que
nos ocupa en el siglo VI antes de nuestra era, por mediación de Hostanés, archimago que
acompañaba a Xerxes cuando la expedición de éste contra Grecia. Dos siglos después, Platón,
Aristóteles y Theopompos, al citar a Zoroastro demuestran que tenían noticias de él y, como es
lógico, de su obra. En el siglo siguiente Hermippos habla particularmente de el profeta iranio
diciendo que los libros de Zoroastro no contenían menos de ciento veinte mil versos. Siguió
creciendo la leyenda de su fecundidad literaria y a principios de la era cristiana, Nicolás de
Damas, Estrabón, Pausanias, Plinto y Dión Chrisóstomos, hablan de las obras de Zoroastro.
San Clemente de Alejandría, en el siglo III, parece familiarizado con ellas, y más tarde los
gnósticos hicieron uso de la cosmogonía oriental y de una psicología que suponían derivar de
Zarathustra. Eusebio (siglo IV), testimonia conocer una colección de escritos iranios, y un siglo
más tarde la emperatriz Eudoxia se refiere también a varios libros del profeta, cuatro de los
cuales trataban de la naturaleza, otro de las piedras preciosas y cinco de astrología y de los
«pronósticos». Esto parece probar que, como suele ocurrir con frecuencia, la figura de
Zarathustra había quedado desdibujada y que a causa de las prácticas de los magos, él había
acabado por ser confundido con ellos y tal vez puesto a su cabeza. En todo caso, que es lo que
quería hacer constar, su nombre había entrado ya en la rueda de los personajes notables si no
bien conocidos, al menos sí abundantemente a causa de apócrifos y leyendas (véase The
Dabistan or School of Manners, de Moshan Fani, traducido del original persa por Anthony
Troyer y David Shea).
***
Como hemos visto, el hombre se hallaba en el Mundo en calidad de pobre, ínfimo
espectador sin otra fuerza tanto para dirigir sus pasos por él como, lo que era más importante,
para labrar su destino futuro, aquel destino que le estaba reservado luego de esta vida en otra
no sometida a la muerte, sin otra fuerza, decía, que la que le procurase su voluntad orientada
por su libre albedrío, puesto que en la lucha de la que era testigo entre el bien y el mal, sólo de
su voluntad dependía su futuro destino. Por fortuna, como faro vivísimo tenía, para orientarse
en las oscuridades de la duda, el admirable ejemplo del gran profeta, cuya convicción firmísima
en la justicia de Dios, en su fuerza, bondad y omnisciencia, una vez que alcanzó a conocerle,
