El Avesta.pdf

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no había vacilado un solo instante. Para Zarathustra, en efecto, el Omnipotente no podía sufrir
el fracaso inmenso que hubiera representado el triunfo del mal sobre el bien. A causa de ello, la
firme esperanza del triunfo de éste y con ello de un Mundo mejor, no le había abandonado
jamás. Como él, todo hombre podía ver con perfecta claridad que la gran empresa a realizar
consistía en poner cada uno su granito de arena en la tarea de crear aquel Mundo mejor.
Mundo en que la «rectitud» sería la norma y del que la «injusticia» sería expulsada.
Precisamente el haber imaginado algo tan grande y hermoso, tan noble y tan alentador, el
haber tendido hacia ello sin desfallecimiento y el haberlo enseñado, había hecho de
Zarathustra el primero de los profetas que había concebido y predicado la gran esperanza que
suponía su doctrina de la vida inmortal.
En cuanto al hombre, ser dotado de razón y de libre albedrío, si se lanzaba por el camino
del mal era a causa de apartarse de lo moral. ¿Debía ni podía hacer esto sabiendo lo que le
aguardaba, o debía, por el contrario, esforzarse por ayudar a Ahura Mazda en su lucha contra
el Malo con objeto de que el Mundo fuese cada vez mejor? Todo el que luchaba contra la
ignorancia, contra el fanatismo, contra la falsedad, contra la corrupción, contra la injusticia, la
guerra, la enfermedad y la muerte, se aliaba con el Dios bueno en la obra de destruir la
imperfección. La redención consistía, pues, en cooperar con el bien oponiéndose al mal. En
cambio, prestar asistencia al Malo equivalía a practicar uno mismo, conscientemente, la
maldad.
Todo lo anterior constituía, y no otra cosa, la filosofía de la doctrina de Zoroastro. Los
medios para conseguirlo, es decir, para llegar a tal fin, poner en práctica, su moral. Esta moral
tenía como bases la rectitud, la justicia, la castidad, la piedad, la caridad, la beneficencia y la
laboriosidad.
La «rectitud», Asha, guiaba al hombre hasta ponerle en presencia de Ahura Mazda. En los
Gathas, Asha es una verdad profundamente espiritual, o una ley espiritual, de acuerdo con la
cual el Mundo fue formado y gobernado. Asha significaba orden, simetría, disciplina, armonía y
comprendía todas las categorías posibles de pureza, fidelidad, veracidad y beneficencia, más
todos los actos que se inspiraban en estas excelencias. Hoy mismo, la primera de todas las
oraciones que enseñan a pronunciar a los niños es el aforismo Ashem Vohu, siguiente: «La
rectitud es el mejor de los dones, y la divina felicidad. Feliz el que vive para sostener lo mejor,
¡la rectitud!» De la rectitud proceden el orden y la disciplina; de la injusticia el desorden y la
discordia. Druj, antagonista de Asha, significa desorden. Defender a Asha en todo momento y
toda circunstancia es deber ineludible de todo zoroastriano. De hecho, toda enseñanza
religiosa para un mazdeísta empieza convenciéndole de que Asha, es decir, la rectitud, eterna
Verdad y Realidad única, es el alfa y omega de la creencia. Los filólogos han demostrado que,
fonéticamente, la palabra Asha del Avesta se identifica con el antiquísimo vocablo védico Rita, y
lo mismo sus conceptos. Sólo siguiendo la vía de Asha (Ashahe Pantao), o lo que es igual, de
Rita (Ritasya Pantha), puede el hombre esperar que se reunirá con el Padre en los Cielos. «No
hay sino un sendero, el sendero de Asha, todos los demás son falsos.» O sea: No hay camino
como el de la rectitud. «Yo estoy con aquellos que mantienen el orden, no con los que crean el
desorden», dice Ahura Mazda en el Hom Yasht. Lo que el hombre puede esperar siguiendo la
vía de la rectitud y del orden lo expresan los siguientes versos del Hush bam (Himno a la
aurora): «¡Oh Ahura Mazda! Asegúranos que mediante la mejor Asha, a favor del Asha más
perfecta, conseguiremos gozar de tu vista, acercarnos a Ti, ¡ser unidos a Ti!» Luego para el
zoroastriano nada como la rectitud para llegar a Dios. Practicando la rectitud y la verdad, se era
agradable a Ahura Mazda, a quien nada molestaba tanto como la mentira y la falsedad. Y que
esto era verdad lo prueba el testimonio de Herodotos en el que puede leerse: «Desde la edad
de cinco años hasta los veinte, enseñan a los niños tan sólo tres cosas: a montar a caballo, a
tirar con el arco y a decir la verdad.» Y: «Consideraban la emisión de una mentira como la peor
desgracia. La segunda consistía en haber contraído una deuda, y ello por muchas razones,
