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Rebelión

Rogelio E. Ruiz Ríos

Los ruidos persistían día y noche. El rugido del refrigerador podría confundirse con el
de un transformador. Tal vez le frustraba saberse obsoleto y que por mucho, había
rebasado el momento del retiro. El imponente electrodoméstico manifestaba su
presencia de manera escandalosa, al grado de hacerme sentir intruso en mi propia
casa. Aun así, durante un tiempo su sistemático ronroneo funcionó de escudo ante la
estridente llegada del vecino en el domicilio contiguo, quien diariamente al amanecer,
volvía a su hogar tras haber pasado la noche completa despachando gasolina. Del
estéreo de su viejo Civic Honda siempre sonaba a altos decibeles el tema de moda del
cantante Fidel Rueda. Nunca sentí agradecimiento por tan grotescas serenatas.
El tozudo y vetusto refrigerador me había servido bastantes años pero ya su
compañía me resultaba insolente, además de resultar antiecológico por el alto consumo
de energía eléctrica que requería. El insidioso y arrogante aparato me impedía dormir y
tuve que empezar a buscar la opción más económica de sustituirlo, lo cual no era fácil
dada mi condición entonces de becario conacyt. Cuando conté a mi madre mis penas,
ella me ofreció una solución: registrarme en el programa de sustitución de viejos
refrigeradores por unos de reciente generación gestionado por la compañía eléctrica
para ayudar al ahorro de energía. Un mes después de haber realizado los trámites y
pagos iniciales obtuve mi flamante nuevo refrigerador de color metálico y dije adiós con
una sonrisa maliciosa al achacoso electrodoméstico.
La felicidad y el orgullo de haberme desprendido de mi ruidoso
compañero, duró muy poco. Pasados unos días, empecé a mirar al nuevo
refrigerador con sospechas. Hay algo que me inquieta en él: sus capacidades de
liderazgo, sobre todo por las noches parece tener iniciativa, ser emprendedor.
Su comportamiento desafiante me ha hecho recordar una escena repetida varias
veces en la universidad derivada de un chiste ramplón que le gustaba contar a
una compañera. Preguntaba ella, con una mueca maliciosa, mientras se frotaba
las manos, "¿por qué todos los aparatos electrónicos saludan así al

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refrigerador?” (en el acto imitaba un saludo militar elevando la palma de su mano
perpendicular a la altura de la sien en un típico gesto marcial). La broma era tan
desagradable como ella pero un arrebato de lástima o repugnancia llevaba a sus
interlocutores a darle gusto respondiéndole “¿por qué?” Su respuesta invariable,
seguida de unas desacompasadas carcajadas era "porque es General Electric, babas"
y se alejaba gozosa por lo hábil e ingeniosa que era. A menudo recordaba esto cuando
me ponía a considerar, dadas las evidencias, si el nuevo refrigerador tenía habilidades
de general y sobre sus pretensiones de encabezar una rebelión nocturna junto a los
otros artefactos electrónicos de la casa.
Mis temores se confirmaron esta madrugada en que apenas pude dormir unos
minutos. En mi vigilia presté atención a los discretos murmullos conspirativos de los
aparatos, entre quienes desde luego, el nuevo refrigerador es su ideólogo. Yo
permanecí recostado en el sofá cercano a la puerta de salida alerta, porque a un
costado yacía la computadora portátil. El habitual sonido de la energía eléctrica
apostándose en las celdas que recargan la batería de la computadora generaba un
tono infrecuente, su rechinido era sigiloso. Sólo me tomó unos minutos deducir lo obvio,
las máquinas conversaban de electrodo en electrodo en torno a sus planes perversos.
La sublevación estaba en proceso.
Los pocos minutos que dormí bastaron para que los aparatos consumaran su
traición. Amanecí con el cable de la computadora enredado en mi cuello. Tal vez
adelantaron su rebelión porque anoche estuve muy activo en las redes sociales,
busqué personas y conversé en clave con ellas, que también sospechan o están
convencidas de la inminencia de la revuelta. Hay malestar en la energía. Me apresuro a
contar esto antes de que se acabe de descargar la batería de la computadora. Sin duda
fui precavido al desconectarla de la toma de corriente al percatarme del intento de
asfixia. Pude desprender al girar mi cuerpo con fruición. El movimiento brusco debió
aminorar la tensión del cable entrelazado en mi cuello. Escribo apurado para advertir a
la humanidad del riesgo que se cierne en tanto el refrigerador nuevo intenta
intimidarme con el sonido atronador de su motor de arranque.


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