Marqués de Sade Justine.pdf


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Esta mujer había recibido, no obstante, la mejor educación: hija de un
importantísimo banquero de París, había sido educada con una hermana
llamada Justine, tres años menor que ella, en una de las más famosas abadías
de esta capital, donde hasta las edades de doce y quince años, ningún consejo,
ningún maestro, ningún libro, ningún talento habían sido negados a ambas
hermanas.
En esta época, fatal para la virtud de las dos jóvenes, todo lo perdieron en un
solo día: una espantosa bancarrota precipitó a su padre en una situación tan
cruel que murió de pena. Su mujer le siguió un mes después a la tumba. Dos
parientes fríos y lejanos deliberaron acerca de lo que harían con las jóvenes
huérfanas; la parte que a cada una le correspondía de la herencia, mermada por
las deudas, escasamente llegaba a cien escudos. Como nadie se preocupaba
de su custodia, les abrieron la puerta del convento, les entregaron su dote y las
dejaron libres de ser lo que quisieran.
La señora de Lorsange, entonces llamada Juliette, y de un carácter e
inteligencia prácticamente tan formados como a los treinta años ––edad que
alcanzaba en el momento que arranca la historia que vamos a relatar––, sólo
pareció sensible al placer de ser libre, sin meditar un instante en las crueles
desgracias que habían roto sus cadenas. A Justine, con doce años de edad
como ya hemos dicho, su carácter sombrío y melancólico le hizo percibir mucho
mejor todo el horror de su situación. Dotada de una ternura y una sensibilidad
sorprendentes, en lugar de la maña y sutileza de su hermana sólo contaba con
una ingenuidad y un candor que presagiaba que cayera en muchas trampas.
Esta joven sumaba a tantas cualidades una fisonomía dulce, absolutamente
diferente de aquella con que la naturaleza había embellecido a Juliette; de igual
manera que se percibía el artificio, la astucia, la coquetería en los rasgos de
ésta, se admiraba el pudor, la decencia y la timidez en la otra; un aire de virgen,
unos grandes ojos azules, llenos de sentimiento y de interés, una piel deslumbrante, un talle grácil y flexible, una voz conmovedora, unos dientes de marfil y
los más bellos cabellos rubios, así era el retrato de esta encantadora menor,
cuyas gracias ingenuas y rasgos delicados superan nuestros pinceles.