Marqués de Sade Justine.pdf


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Primera parte
La obra maestra de la filosofia sería desarrollar los medios de que se sirve la
Providencia para alcanzar los fines que se propone sobre el hombre, y trazar, a
partir de ahí, unos planes de conducta que puedan hacer conocer a ese
desdichado individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa
carrera de la vida a fin de prevenir los caprichos extravagantes de esta fatalidad
a la que se dan veinte nombres diferentes, sin haber llegado todavía a conocerla
ni a definirla.
Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos
jamás de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos
zarzas cuando los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo
de virtudes lo bastante probado como para superar tales observaciones ¿no
considerarán entonces que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo?
¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor
partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el
vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como
los demás? Algo más instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han
adquirido, ¿no dirán con el ángel Jesrad, de Zadig, que no hay mal que por bien
no venga, y que pueden, a partir de ahí, entregarse al mal, ya que de hecho sólo
es una de las maneras de producir el bien? ¿No añadirán que es indiferente al
plan general que tal o cual sea preferentemente bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña al crimen, siendo ambas
cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es infinitamente mejor tomar
partido entre los malvados, que prosperan, ' que entre los virtuosos, que
fracasan? Así pues, es importante prevenir esos peligrosos sofismas de una