Marqués de Sade Justine.pdf


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Les dieron a ambas veinticuatro horas para abandonar el convento, dejándoles
la tarea de instalarse, con sus cien escudos, donde se les antojara. Juliette,
encantada de ser su propia dueña, quiso por un momento enjugar las lágrimas
de Justine, viendo después que no lo conseguiría, comenzó a reñirla en vez de
consolarla; le dijo, con una filosofía muy superior a su edad, que en este mundo
sólo había que afligirse por lo que nos afectaba personalmente; que era posible
encontrar en sí misma unas sensaciones fisicas de una voluptuosidad harto
intensa como para poder apagar todos los afectos morales cuyo choque podría
ser doloroso; que era absolutamente esencial poner en práctica este
procedimiento dado que la verdadera sabiduría consistía infinitamente más en
doblar la suma de los placeres que en multiplicar la de las penas... En una
palabra, que nada había que no se debiera hacer para borrar en uno mismo esta
pérfida sensibilidad, de la que únicamente se aprovechan los demás, mientras
que a uno sólo le aporta pesares. Pero difícilmente se endurece un buen corazón, pues resiste a los razonamientos de una mala cabeza, consolándose en
sus propios goces de las falsas brillanteces de una mente instruida.
Utilizando otros recursos, Juliette dijo entonces a su hermana que, con la edad
y la cara que una y otra tenían, era imposible que se murieran de hambre. Citó a
la hija de una de sus vecinas, quien, habiéndose escapado de la casa paterna,
estaba hoy ricamente mantenida y mucho más dichosa, sin duda, que si hubiera
seguido en el seno de su familia; que había que dejar de creer que era el
matrimonio lo que hacía feliz a una joven; que, cautiva bajo las leyes del
himeneo, sólo tendría, a cambio de muchos malos humores que soportar, una
levísima dosis de placeres; mientras que, entregadas al libertinaje, podrían
siempre asegurarse del humor de los amantes, o consolarse de él mediante el
número de éstos.
Justine sintió horror de tales discursos; dijo que prefería la muerte a la
ignominia y, pese a las nuevas peticiones que le formuló su hermana, se negó
insistente mente a vivir con ella en cuanto la vio decidida a una conducta que la
hacía estremecerse.