Marqués de Sade Justine.pdf

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Por consiguiente, las dos jóvenes se separaron, sin ninguna promesa de volver
a verse, dado que sus intenciones se revelaban tan diferentes. Juliette que,
según pretendía, se convertiría en una gran dama, ¿accedería a recibir a una
muchacha cuyas inclinaciones, virtuosas pero humildes, podrían deshonrarla? Y
por su parte, ¿Justine aceptaría poner en peligro sus costumbres con la
compañía de una criatura perversa, que acabaría siendo víctima de la crápula y
del desenfreno público? Ambas se dieron, pues, un eterno adiós, y ambas abandonaron el convento al día siguiente.
Mimada desde su infancia por la costurera de su madre, Justine cree que esta
mujer será sensible a su desdicha; la visita, le comunica sus infortunios, le pide
trabajo... Pero casi no la reconoce y la despiden duramente.
––¡Oh, cielos! ––dice la pobre criatura––, íes preciso que los primeros pasos
que doy por el mundo estén ya marcados por la desgracia! Esta mujer me quería
antes, ¿por qué me rechaza hoy? ¡Ay!, porque soy huérfana y pobre; porque ya
no tengo recursos en el mundo, y sólo se aprecia a las personas por las ayudas
y los agrados que se espera recibir de ellas.
Justine, llorosa, visita a su sacerdote; le describe su estado con el enérgico
candor de su edad... Llevaba un vestidito blanco; sus hermosos cabellos
descuidadamente recogidos bajo una gran cofia; su seno apenas insinuado,
oculto debajo de dos o tres varas de gasa; su linda cara algo pálida a causa de
las penas que la devoraban; algunas lágrimas caían de sus ojos y les conferían
aún mayor expresión.
––Me veis, señor... ––le dijo al santo eclesiástico––, sí, me veis en una
situación muy lamentable para una joven; he perdido a mi padre y mi madre... El
cielo me los arrebata en la edad en que más necesitaba su ayuda... Han muerto
arruinados, señor; no tenemos nada... Eso es todo lo que me han dejado ––
prosiguió, mostrando sus doce luises––... y ni un rincón donde reposar mi pobre
cabeza... Os apiadaréis de mí, ¿verdad, señor? Sois ministro de la religión, y la
religión siempre fue la virtud de mi corazón; en nombre del Dios que adoro y del
que sois la voz, decidme, como un segundo padre, ¿qué debo hacer... qué tengo
que ser?
