Marqués de Sade Justine.pdf


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––Dormid, señor, dormid ––contesté––, y creed que ésta, a la que habéis
colmado de agradecimiento, no tiene más deseo que el de cumplir.
Nada más lejos de mis intenciones, pero si alguna vez creí permitido el
fingimiento era exactamente en esta ocasión. Nuestros bribones, llenos de una
confianza excesiva, siguen bebiendo y se duermen, dejándome en plena libertad
al lado de la Dubois que, borracha como los demás, no tardó en cerrar
igualmente los ojos.
Aprovechando entonces con vivacidad el primer momento del sueño de los
malvados que nos rodeaban, le dije al joven lionés:
––Señor, la más horrible de las catástrofes me ha arrojado a pesar mío entre
estos ladrones. Los detesto tanto como al instante fatal que me trajo a su banda.
La verdad es que no tengo el honor de ser pariente vuestra. He utilizado esta
treta para salvaros y escapar con vos, si os parece bien, de estos miserables. El
momento es propicio ––proseguí––, huyamos. Veo vuestra cartera, recojámosla;
renunciemos al dinero en metálico, está en sus bolsillos y no conseguiríamos
recuperarlo sin peligro. Vayámonos, señor, vayámonos. Ya veis lo que hago por
vos, me entrego a vuestras manos, tened piedad de mi suerte. No seáis, sobre
todo, más cruel que esta gente. Dignaos a respetar mi honor, os lo confío, pues
es mi único tesoro. Dejádmelo, ellos no me lo han arrebatado.
Me costaría trabajo describir el supuesto agradecimiento de Saint––Florent. No
sabía qué términos emplear para demostrármelo, pero no teníamos tiempo de
hablar: se trataba de huir. Me apodero diestramente de la cartera, se la doy y,
franqueando rápidamente el bosquecillo y abandonando el caballo, por miedo a
que el ruido que habría hecho despertara a nuestras gentes, nos dirigimos, con
diligencia, al sendero que debía sacarnos del bosque. Tuvimos la suerte de salir
de él cuando amanecía, y sin que nadie nos siguiera. Llegamos antes de las
diez de la mañana a Luzarches, y allí, al abrigo de cualquier temor, sólo
pensamos en descansar.
Hay momentos en la vida en que te consideras muy rico sin tener, no obstante,
nada de qué vivir: era el caso de Saint-Florent. Llevaba quinientos mil francos en