Marqués de Sade Justine.pdf


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»Así pues, no te inquietes, Thérèse, con la esperanza o el temor de un mundo
futuro, fruto de estas primeras mentiras, y deja sobre todo de considerarlos
como frenos para nosotros. Débiles porciones de una materia vil y bruta, cuando
muramos, es decir, en la reunión de los elementos que nos componen con los
elementos de la masa general, aniquilados para siempre cualquiera que haya
sido nuestro comportamiento, pasaremos durante un instante por el crisol de la
naturaleza para resurgir bajo otras formas, y eso sin que haya más prerrogativas
para el que ha incensado de manera insensata la virtud como para el que se ha
entregado a los más vergonzosos excesos, porque no hay nada que ofenda a la
naturaleza, y todos los hombres igualmente salidos de su seno, que han actuado
durante su vida a partir de sus impulsos, encontrarán después de su existencia
el mismo final y la misma suerte.
Me disponía a seguir contestando a estas espantosas blasfemias cuando el
rumor de un jinete se hizo oír cerca de nosotros. «¡A las armas!», exclamó
«Corazón-de-Hierro», más deseoso de poner en práctica sus sistemas que de
consolidar sus fundamentos. Vuelan... y al cabo de un instante traen a un
infortunado viajero al bosquecillo donde se hallaba nuestro campamento.
Interrogado acerca del motivo que le llevaba a viajar solo y tan de madrugada
por un camino aislado, y acerca de su edad y profesión, el caballero respondió
que se llamaba Saint-Florent, uno de los primeros negociantes de Lyon, que
tenía treinta y seis años, y regresaba de Flandes por unos asuntos relacionados
con su comercio; llevaba poco dinero encima pero sí muchos pagarés. Añadió
que su lacayo le había abandonado la víspera, y que, para evitar el calor, viajaba
de noche con la intención de llegar aquel mismo día a París, donde tomaría un
nuevo criado y concluiría una parte de sus negocios; si, además, seguía un
camino solitario, continuó, era porque, según creía, se había dormido sobre su
caballo y se había extraviado. Y dicho eso, pide la vida, ofreciendo a cambio
todo lo que poseía. Examinaron su cartera y contaron su dinero: la presa no
podía ser mejor. Saint-Florent llevaba cerca de medio millón pagable a su
presentación en la capital, unas cuantas joyas y alrededor de cien luises.