Marqués de Sade Justine.pdf


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la causa de lo que le sorprendía, admitió el ser soberano y le dedicó sus cultos.
A partir de ese momento, cada nación los compuso análogos a sus costumbres,
a sus conocimientos y a su clima. No tardaron en haber en la Tierra tantas
religiones como pueblos, tantos dioses como familias. Sin embargo, debajo de
todos esos ídolos era fácil reconocer al fantasma absurdo, fruto primero de la
ceguera humana. Lo vestían de diferente manera, pero siempre era lo mismo.
Ahora bien, dime, Thérèse: porque unos imbéciles construyan disparates sobre
la erección de una indigna quimera y sobre la manera de servirla, ¿hay que
deducir que el hombre sensato deba renunciar a la dicha segura y presente de
su vida? ¿Debe, como el perro de Esopo, abandonar el hueso a cambio de su
sombra, y renunciar a sus placeres reales a cambio de unas ilusiones? No,
Thérèse, no, Dios no existe: la naturaleza se basta a sí misma. No tiene ninguna
necesidad de autor. Este supuesto autor no es más que una descomposición de
sus propias fuerzas, más que lo que en la escuela llamamos una petición de
principios. Un Dios supone una creación, o sea un instante en el que no hubo
nada, o bien un instante en el que todo estuvo en el caos. Si uno u otro de esos
estados era un mal, ¿por qué tu Dios lo dejaba subsistir? Si era un bien, ¿por
qué lo cambia? Ahora bien, si es inútil, ¿puede ser poderoso? Y si no es
poderoso, ¿puede ser Dios? Si la naturaleza se mueve a sí misma, ¿de qué
sirve el motor? Y si el motor actúa sobre la materia moviéndola, ¿cómo no es
materia él mismo? ¿Puedes concebir el efecto del espíritu sobre la materia, y la
materia recibiendo el movimiento de un espíritu que carece en sí mismo de
movimiento? Examina por un instante, con frialdad, todas las cualidades
ridículas y contradictorias con que los fabricantes de esta execrable quimera se
han visto obligados a revestirla, y comprobaras que se destruyen y anulan
mutuamente; admitirás que este fantasma deificado, nacido del temor de unos y
de la ignorancia de todos, no es mas que una simpleza escandalosa, que no
merece de nosotros ni un instante de fe ni un minuto de examen; una miserable
extravagancia que repugna a la mente, que escandaliza el corazón, y que sólo
emergió de las tinieblas para volver a hundirse en ellas para siempre jamás.