Marqués de Sade Justine.pdf


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sollozando––, es el único consuelo del infortunado, no se lo arrebatéis; cuando
los hombres nos abandonan, ¿quién nos vengará si no es Dios?
––¿Quién? Nadie, Thérèse, nadie en absoluto. No es de ningún modo
necesario que el infortunio sea vengado. Tú te ufanas de ello porque lo deseas,
esta idea te consuela, pero no por ello es menos falsa. Más aún, es esencial que
el infortunado sufra; su humillación y sus dolores figuran entre las leyes de la
naturaleza, y su existencia es útil al plan general, tanto como la de la
prosperidad de quien lo aplasta. Esta es la verdad, que debe sofocar el
remordimiento tanto en el alma del tirano como en la del malhechor. Que no se
coarte, que se entregue ciegamente a cuantas maldades se le ocurran: la voz de
la naturaleza sólo le sugiere esta idea, el único modo posible con que ella nos
convierte en agentes de sus leyes. Cuando sus inspiraciones secretas nos
predisponen al mal, es porque el mal le es necesario, lo quiere, lo exige, porque
no siendo la suma de crímenes completa ni suficiente para las leyes del equilibrio, las únicas que la gobiernan, exige un mayor número de éstos para el
complemento de la balanza. Por consiguiente, que no se asuste ni se detenga
aquel cuya alma se sienta inclinada al mal; que lo cometa sin temor, en el
momento en que ha sentido su impulso: sólo resistiéndosele ofendería a la
naturaleza. Pero abandonemos por un instante la moral, ya que prefieres la
teología. Debes saber pues, joven inocente, que la religión en la que te amparas,
no siendo más que la relación del hombre con Dios, culto que la criatura creyó
deber rendir a su creador, quedó aniquilada en cuanto la propia existencia de tal
creador fue demostrada como quimérica. Los primeros hombres, asustados por
unos fenómenos que los impresionaron, tuvieron que creer necesariamente que
un ser sublime y desconocido por ellos había dirigido su marcha y su influencia.
Es propio de la debilidad suponer o temer la fuerza. La mente del hombre,
todavía demasiado infantil para buscar y para encontrar en el seno de la
naturaleza las leyes del movimiento, único resorte de todo el mecanismo que le
asombraba, creyó más simple suponer un motor a esta naturaleza que verla
motora de sí misma, y sin pensar que le costaría un esfuerzo mucho mayor
edificar y definir este amo gigantesco que buscar en el estudio de la naturaleza