Marqués de Sade Justine.pdf

Vista previa de texto
todo, que permitiera lo que la ofende. En segundo lugar, estas pérdidas son
ejecutadas cien y hasta cien millones de veces todos los días por ella misma.
Las poluciones nocturnas, la inutilidad de la semilla en la época de los
embarazos de la mujer, ¿no son pérdidas autorizadas por sus leyes? Las cuales
nos demuestran que, indiferente al destino de este licor al que cometemos la
estupidez de conceder tanta importancia, nos permite malgastarlo con la misma
despreocupación con que ella la practica todos los días; que tolera la propagación, pero siempre que la propagación entre en sus cálculos; que sí quiere
que nos multipliquemos, pero que, no ganando más en este acto que en su
contrario, la elección que nosotros hagamos le es indiferente; que, dejándonos
dueños de crear, de no crear o de destruir, no la contentaremos ni la
ofenderemos en mayor medida adoptando, ante una u otra opción, la que más
nos convenga; y que la que elijamos, al no ser más que el resultado de su poder
y de su acción sobre nosotros, es mucho más probable que le guste que
susceptible de ofenderle. Ah, puedes creer, Thérèse, que la naturaleza se
inquieta muy poco ante esos misterios a los que nosotros cometemos la
extravagancia de consagrarles un culto. Sea cual sea el templo en el que se sacrifica, si permite que el incienso arda en él, es que el homenaje no la ofende. El
mal uso o las pérdidas de la semilla que sirve para la reproducción, la extinción
de esta semilla cuando ha germinado, el aniquilamiento de este germen incluso
mucho tiempo después de su formación, todo eso, Thérèse, son crímenes imaginarios que no interesan para nada a la naturaleza, y de los que se ríe como de
todas nuestras instituciones que, con frecuencia, la ultrajan en lugar de servirla.
«Corazón-de-Hierro» se excitaba al exponer sus pérfidas máximas, y no tardé
en verle en el estado que tanto me había asustado la víspera. Quiso, para dar
más peso a la lección, juntar inmediatamente la práctica al precepto; y sus
manos, pese a mis resistencias, se perdían hacia el altar por donde el traidor
quería penetrar... ¿Tendré que confesároslo, señora? Pues bien, obcecada por
las seducciones de aquel malvado; contenta, al ceder un poco, de salvar lo que
parecía más esencial; sin pensar ni en las inconsecuencias de sus sofismas, ni
en lo que yo misma iba a arriesgar, ya que aquel deshonesto hombre, poseedor
