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sacrificados tiene un valor nulo en relación con nosotros. Probablemente no
daríamos ni un óbolo para que esos individuos siguieran vivos o en la tumba; por
consiguiente, si el interés más mínimo se nos ofrece con uno de los casos,
debemos sin ningún remordimiento decidirlo preferentemente a nuestro favor;
pues, ante una cosa totalmente indiferente, debemos, si somos prudentes y
podemos permitírnoslo, inclinarla claramente del lado que nos resulte ventajoso,
pasando por alto todo lo que en ella pueda perder el adversario, porque no hay
ninguna proporción razonable entre lo que nos afecta y lo que afecta a los
demás. Lo primero lo sentimos físicamente, lo segundo sólo moralmente, y las
sensaciones morales son engañosas mientras que la verdad sólo está en las
sensaciones físicas. Así, no sólo doscientos luises compensan los tres
asesinatos, sino que treinta sueldos también los habrían compensado, pues los
treinta sueldos nos habrían procurado una satisfacción que, aunque pequeña,
debe de todos modos afectarnos mucho más vivamente de lo que puedan
hacerlo los tres asesinatos, que para nosotros no son nada, y de cuya lesión
sólo nos llega un rasguño. La debilidad de nuestras voces, la ausencia de
reflexión, los malditos prejuicios en los que se nos ha educado, los vanos
terrores de la religión o de las leyes, eso es lo que frena a los necios en la
carrera del crimen, lo que les impide ir a lo grande. Pero todo individuo dotado
de fuerza y de vigor, provisto de un espíritu enérgicamente organizado, que se
prefiere, como es debido, a los demás, sabrá sopesar sus intereses en la
balanza de los propios, burlarse de Dios y de los hombres, desafiar la muerte y
despreciar las leyes; y totalmente convencido de que sólo a él debe referirlo
todo, sentirá que el número más amplio imaginable de lesiones ajenas, que no le
duelen fisicamente en absoluto, no puede ser comparado con el más leve de los
goces comprados con este conjunto increíble de fechorías. El placer le halaga,
está en su interior: el efecto del crimen no le afecta, está fuera de él. Ahora bien,
yo os pregunto ¿qué hombre razonable no preferirá lo que lo deleita a lo que le
es extraño, y no accederá a cometer esta cosa extraña que no le produce
ninguna molestia, para granjearse aquella que lo conmueve agradablemente?