Marqués de Sade Justine.pdf

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––Porque estás en nuestras manos, Thérèse, y la razón del más fuerte
siempre es la mejor, como dijo hace tiempo La Fontaine. A decir verdad ––
prosiguió rápidamente––, ¿no es una ridícula extravagancia conceder, como tú
haces, tanto valor a la más banal de las cosas? ¿Cómo puede ser una
muchacha tan necia como para creer que la virtud depende de una mayor o
menor amplitud en una de las partes de su cuerpo? ¿Eh? ¿Qué puede importar
a los hombres o a Dios que esta parte esté intacta o ajada? Y te digo más: si la
intención de la naturaleza es que cada individuo cumpla aquí abajo las funciones
para las que ha sido formado, y la única razón de existir de las mujeres es servir
de goce a los hombres, resistir de ese modo a la función que te ha
encomendado es insultarla abiertamente. Es querer ser una criatura inútil para el
mundo y, por consiguiente, despreciable. Esta quimérica castidad, que desde tu
infancia han cometido la absurdidad de presentártela como una virtud y que,
muy lejos de ser útil a la naturaleza y a la sociedad, ultrajaba visiblemente a
ambas, no es más que una testarudez reprensible de la que una persona tan
inteligente como tú no debiera sentirse culpable. Pero no importa y sigue
escuchándome, querida muchacha, porque voy a demostrarte el deseo que
tengo de complacerte y de respetar tu debilidad. No tocaré, Thérèse, ese
fantasma cuya posesión tanto te deleita. Una muchacha tiene más de un favor
que conceder, y Venus puede ser celebrada en ella en más de un templo. Me
contentaré con el más mediocre. Ya sabes, querida, que al lado de los altares de
Cipris, hay un antro oscuro donde acuden a aislarse los Amores para seducirnos
con mayor energía; ese será el altar donde quemaré el incienso. Allí no hay el
menor inconveniente. Si los embarazos te asustan, Thérèse, de esa manera no
pueden producirse: tu bonito talle no se deformará jamás. Y las primicias que te
resultan tan dulces se conservarán sin quebranto, y sea cual sea el uso que de
ellas quieras hacer, podrás ofrecerlas puras. Nada puede traicionar a una
muchacha desde ese punto de vista, por rudos y múltiples que sean los ataques.
Así que la abeja ha libado el jugo, el cáliz de la rosa se cierra, y nadie es capaz
de imaginar que alguna vez haya podido entreabrirse. Hay muchachas que han
disfrutado diez años de esta manera, e incluso con varios hombres, y no por ello
