Marqués de Sade Justine.pdf

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mente no podrás escapar, por esa fatalidad que salva inevitablemente al crimen
inmolando a la virtud, acuérdate por lo menos de no hablar jamás de nosotros.
Mientras razonábamos así, los cuatro compañeros de la Dubois bebían con el
cazador furtivo, y como el vino apresta el alma del malhechor a nuevos crímenes
y le hace olvidar los antiguos, al enterarse los malvados de mis resoluciones
decidieron convertirme en una víctima, ya que no podían tenerme como
cómplice. Sus principios, sus costumbres, el sombrío reducto en que estábamos,
la especie de seguridad en la que se creían, su borrachera, mi edad, mi
inocencia, todo les estimuló. Se alzan de la mesa, celebran consejo, consultan a
la Dubois, actitudes cuyo lúgubre misterio me hace estremecer de horror, y
toman el acuerdo de que tengo que prestarme inmediatamente a satisfacer los
deseos de los cuatro, de buen grado, o a la fuerza. Si lo hago de buen grado,
cada uno de ellos me pagará un escudo para mis propios usos; si tienen que
utilizar la violencia, lo harán igual, pero, para que el secreto quede mejor
guardado, me apuñalarán después de haberse solazado y me enterrarán al pie
de un árbol.
No necesito describiros el efecto que me causó esta cruel proposición, señora,
lo comprendéis fácilmente. Me arrojé a las rodillas de la Dubois, le imploré que
fuera por segunda vez mi protectora. La deshonesta criatura sólo se rió de mis
lágrimas.
––¡Oh, pero vamos! ––me dijo––, ¡vaya desgracia la tuya!... ¡,Cómo? ¿Te
estremeces ante la obligación de servir sucesivamente a cuatro buenos mozos
como éstos? ¡No sabes que hay diez mil mujeres en París que darían la mitad
de su oro o de sus joyas por ocupar tu lugar! Escucha ––añadió sin embargo
después de una breve reflexión––, yo tengo bastante dominio sobre esos
truhanes para conseguir tu perdón, siempre que te hagas digna de él.
––¡Ay, señora! ¿Qué debo hacer? ––exclamé llorando––. Ordenádmelo, estoy
dispuesta a todo. ––Seguirnos, alistarte con nosotros, y cometer los mismos
actos sin la más ligera repugnancia: sólo a este precio yo te libraré del resto.
Creí que no debía titubear. Al aceptar esta cruel condición, corría nuevos
peligros, de acuerdo, pero serían menos perentorios que éstos. Es posible que
