Marqués de Sade Justine.pdf

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––¡Oh, señora! ––le dije a mi bienhechora––, os debo grandes favores, y nada
mas lejos que querer olvidarlos. Me habéis salvado la vida, y es espantoso para
mí que haya sido gracias a un crimen. Creed que si hubiera tenido que
cometerlo, habría preferido mil muertes al dolor de participar en él. Soy
consciente de todos los peligros que he corrido por haberme abandonado a los
sentimientos honrados que siempre permanecerán en mi corazón. Pero sean
cuales sean, señora, las espinas de la virtud, las preferiré en cualquier momento
a los peligrosos favores que acompañan al crimen. Tengo grabados unos
principios religiosos que, gracias al cielo, no me abandonarán jamás. Si la
Providencia me hace penosa la carrera de la vida, es para compensarme de ello
en un mundo mejor. Esta esperanza me consuela, endulza mis penas, apacigua
mis quejas, me refuerza en la adversidad, y me lleva a desafiar todos los males
que Dios quiera enviarme. Esta alegría se apagaría inmediatamente en mi alma
si yo acabara por mancillarla con crímenes, y junto al temor de los castigos de
este mundo, me perseguiría la dolorosa visión de los suplicios del otro, que no
me abandonaría un instante en la tranquilidad que deseo.
––Son sistemas absurdos que no tardarán en llevarte al hospicio, hija mía ––
replicó la Dubois enarcando las cejas––. Créeme, deja de lado la justicia de
Dios, sus castigos o sus recompensas futuras. Todas esas tonterías sólo sirven
para que muramos de hambre. ¡Oh, Thérèse!, la dureza de los ricos legitima el
mal comportamiento de los pobres: que sus bolsas se abran a nuestras necesidades, que la humanidad reine en su corazón, y las virtudes podrán
establecerse en el nuestro; pero en tanto que nuestro infortunio, nuestra
paciencia para soportarlo, nuestra buena fe, nuestra servidumbre, sólo sirvan
para aumentar nuestros grilletes, nuestros crímenes son obra suya, y seríamos
muy tontos en negárnoslos cuando pueden aliviar el yugo con que su crueldad
nos sobrecarga. La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales, Thérèse; si
la suerte se complace en estorbar este primer plan de las leyes generales, a
nosotros nos corresponde corregir sus caprichos y reparar, mediante nuestra
habilidad, las usurpaciones del más fuerte. Me gusta oír a la gente rica, a la
gente con título, a los magistrados, a los curas, ¡me gusta verles predicarnos la
