Marqués de Sade Justine.pdf


Vista previa del archivo PDF marques-de-sade-justine.pdf


Página 1...27 28 293031289

Vista previa de texto


virtud! Es muy difícil asegurarse contra el robo cuando se tiene tres veces más
de lo que hace falta para vivir; muy incómodo no concebir jamás el asesinato,
cuando se está rodeado de aduladores o de esclavos para quienes nuestras
voluntades son leyes; muy penoso, a decir verdad, ser moderado y sobrio,
cuando a cada hora se está rodeado de los manjares más suculentos; les cuesta
mucho ser sinceros, ¡cuando no tienen ningún interés en mentir!... Pero
nosotros, Thérèse, nosotros a quienes esta Providencia bárbara, con la que
cometes la locura de convertirla en tu ídolo, ha condenado a arrastrarnos por la
humillación como la serpiente por la hierba; nosotros, a los que se nos mira sólo
con menosprecio, porque somos pobres; a los que se tiraniza, porque somos
débiles; nosotros, cuyos labios sólo prueban la hiel, y cuyos pasos sólo
encuentran abrojos, ¡quieres que nos privemos del crimen cuando sólo su mano
nos abre la puerta de la vida, nos mantiene en ella, nos conserva en ella, y nos
impide perderla! ¡Quieres que perpetuamente sometidos y degradados, mientras
la clase que nos domina tiene para sí todos los favores de la Fortuna, nos
reservemos sólo la pena, el abatimiento y el dolor, la necesidad y las lágrimas, la
deshonra y el cadalso! No, Thérèse, no: o esta Providencia que tú reverencias
sólo merece nuestro desprecio, o no son éstas en absoluto sus voluntades.
Conócela mejor, hija mía, y convéncete de que si nos pone en situaciones en las
que el mal nos resulta necesario, y nos deja al mismo tiempo la posibilidad de
ejercerlo, es porque ese mal sirve tanto a sus leyes como el bien, y gana tanto
con uno como con el otro. Si nos ha creado a todos en el estado de la igualdad,
quien la altera no es más culpable que quien procura restablecerla. Ambos
actúan de acuerdo con los impulsos recibidos, ambos deben seguirlos y
disfrutar.
Confieso que si alguna vez me sentí perturbada fue por las seducciones de
esta mujer astuta, pero una voz, más fuerte que ella, combatía estos sofismas
en mi corazón. A ella me rendí y manifesté a la Dubois que estaba decidida a no
dejarme corromper jamás.
––¡Bien! ––me contestó––, haz lo que quieras. Te abandono a tu mala suerte.
Pero si alguna vez te atrapan y te llevan a la horca, destino del que probable