Marqués de Sade Justine.pdf


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pudiera prevenirlos, mientras que nada era capaz de sustraerme a los que me
amenazaban.
––Iré a todas partes, señora ––dije apresuradamente a la Dubois––, iré a todas
partes, os lo prometo. Sal
vadme de la furia de estos hombres, y no os abandonaré en toda mi vida.
––Hijos míos ––dijo la Dubois a los cuatro bandidos––, esta joven ya es de la
banda, yo la recibo y protejo en ella. Os suplico que no la violentéis. No la
asqueemos de su oficio desde el primer día. Ya veis que su edad y su aspecto
pueden sernos útiles, utilicémosla para nuestros intereses y no la sacrifiquemos
a nuestros placeres.
Pero las pasiones llegan a tener un grado de intensidad en el hombre en el que
ya nada puede retenerlas. Las personas que tenía enfrente eran incapaces de
atender a nada, me rodearon los cuatro, devorándome con sus miradas
inflamadas, amenazándome de una manera aún más terrible, dispuestos a
atraparme, dispuestos a inmolarme.
––Es preciso que pase por ahí ––dijo uno de ellos––, no podemos darle
cuartel, ¿o es que para formar parte de una banda de ladrones hay que dar
pruebas de virtud? ¿No nos será igual de útil desvirgada que virgen? Ya os dais
cuenta, señora, de que suavizo las expresiones. Atenuaré de igual manera las
descripciones, porque, ¡ay!, la obscenidad de su color es tal que vuestro pudor
sufriría con su crudeza tanto como mi timidez. Víctima dulce y temblorosa, ¡ay!,
yo me estremecía aterrorizada. Apenas tenía fuerzas de respirar. Arrodillada
ante los cuatro, a veces mis débiles brazos se levantaban para implorarles y
otras para conmover a la Dubois.
––Un momento ––dijo un tal «Corazón-de-Hierro» que parecía el jefe de la
banda, hombre de treinta y seis años, con la fuerza de un toro y apariencia de
sátiro––; un momento, amigos míos. Podemos contentar a todo el mundo. Como
la virtud de esta chiquilla le es tan preciosa, y, si como dice muy bien la Dubois,
esta cualidad, utilizada de otra manera, podría resultarnos necesaria, dejémosla.
Ahora es preciso que nos apacigüemos. No perdamos la calma, Dubois, porque