Marqués de Sade Justine.pdf


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en el estado en que nos encontramos, es posible incluso que te degolláramos si
te opusieras a nuestros deseos.
Que Thérése se quede al instante tan desnuda como el día que vino al mundo,
y que se preste de ese modo a las diferentes posiciones que se nos antoje
exigirle, mientras, la Dubois apagará nuestros ardores y quemará el incienso en
esos altares cuya entrada nos niega esta criatura.
––¡Desnudarme! ––exclamé––. ¡Oh, cielos! ¿Qué me exigís? Cuando me vea
entregada de esta manera a vuestras miradas, ¿quién podrá asegurarme que...?
Pero «Corazón-de-Hierro», que no parecía de humor para mas concesiones ni
de retener sus deseos, me maltrató golpeándome de una manera tan brutal que
comprendí que la obediencia era la única solución. Se entregó en manos de la
Dubois, puesta por él más o menos en el mismo desorden que yo, y así que
estuve como él deseaba, después de hacerme colocar los brazos en el suelo, lo
que me dejaba en una posición parecida a un animal, la Dubois apagó sus
ardores acercando a una especie de monstruo exactamente a los peristilos de
uno y otro altar de la naturaleza, de tal modo que a cada sacudida ella tuvo que
golpear fuertemente estas partes con su mano abierta, al igual que antaño el
ariete las puertas de las ciudades asediadas. La violencia de los primeros
ataques me hizo recular; «Corazón-de-Hierro», enfurecido, me amenazó con
tratamientos más duros si me sustraía a aquéllos. La Dubois recibe la orden de
empujar con mayor fuerza, uno de esos libertinos sujeta mis hombros y me
impide tambalearme a causa de los empujones: son tan rudos que acabo magullada, y sin poder evitar ninguno.
––A decir verdad ––dijo «Corazón-de-Hierro» balbuceando––, en su lugar,
preferiría abrir las puertas que verlas así quebrantadas, pero si no quiere, no
asistiremos a su rendición... ¡Con fuerza... con fuerza, Dubois!...
Y el estallido de los fuegos de ese libertino, casi tan violento como el del rayo,
se aniquiló sobre las brechas que embistió sin llegarlas a entreabrir.
El segundo me hizo arrodillar entre sus piernas, y mientras la Dubois le
apaciguaba como al otro, dos acciones le ocupaban por entero: a veces
golpeaba con la palma abierta, pero de manera muy nerviosa, bien mis mejillas o