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irritado; que con mucho esfuerzo había conseguido inclinarlo a mi favor; que a
fuerza de súplicas había conseguido, sin embargo, convencerle de que volviera
a verme la mañana siguiente; pero que tuviera cuidado con mi conducta porque
si la desobedecía una vez más, ella misma se encargaría de hacerme encarcelar
de por vida.
Llegué a su casa muy turbada. Dubourg estaba a solas, en un estado aún más
indecente que la víspera. La brutalidad, el libertinaje, todas las características
del exceso estallaban en sus miradas hipócritas.
––Agradece a la Desroches ––me dice duramente–– que quiera en su favor
concederte por un instante mis bondades. Tienes que sentir lo indigna que eres
de ello después de tu conducta de ayer. Desnúdate, y si sigues ofreciendo la
más ligera resistencia a mis deseos, dos hombres te esperan en mi antecámara
para llevarte a un lugar del que no saldrás en toda tu vida.
––¡Oh, señor! ––digo llorando y precipitándome a las rodillas de aquel hombre
bárbaro––, cambiad de idea, os lo suplico. Mostraos generoso para ayudarme
sin exigir de mí lo que me cuesta tanto que os ofrecería mi vida antes que
someterme a ello... Sí, prefiero morir mil veces que infringir los principios que he
recibido en mi infancia... Señor, señor, no me obliguéis, os lo suplico. ¿Podéis
concebir la dicha en medio de disgustos y de lágrimas? ¿Os atrevéis a esperar
el placer donde sólo veréis repugnancias? Así que hayáis consumado vuestro
crimen el espectáculo de mi desesperación os colmará de remordimientos...
Pero las infamias a las que se entregaba Dubourg me impidieron continuar.
¿Cómo había podido creerme capaz de enternecer a un hombre que ya
encontraba en mi propio dolor un acicate más a sus horribles pasiones?
¡Creeréis, señora, que inflamándose con los agudos acentos de mis lamentos,
saboreándolos con inhumanidad, el indigno se preparaba él mismo para sus
criminales tentativas! Se levanta, y mostrándose finalmente ante mí en un
estado en el que la razón triunfa raras veces, y en el que la resistencia del objeto
que la hace perder no es si no un alimento más al delirio, me agarra con
brutalidad, aparta impetuosamente los velos que todavía siguen ocultando
aquello de lo que arde por disfrutar. Sucesivamente, me injuria... me halaga...