Marqués de Sade Justine.pdf


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me maltrata y me acaricia... ¡Oh, qué escena, Dios mío! ¡Qué mezcla increíble
de crueldad... de lujuria! ¡Parecía que el Ser Supremo quisiera, en esta primera
circunstancia de mi vida, grabar para siempre en mí todo el horror que yo debía
sentir por un tipo de delito del que debía nacer la afluencia de los males que me
amenazaban! Pero ¿debía de quejarme de ello entonces? No, sin duda; a sus
excesos debo mi salvación. Con menos desenfreno, yo habría sido una
muchacha manchada. Los ardores de Dubourg se apagaron en la efervescencia
de sus empresas, el cielo me vengó de las ofensas a las que el monstruo iba a
entregarse, y la pérdida de sus fuerzas, antes del sacrificio, me preservó de ser
su víctima.
Con ello, Dubourg se volvió mas insolente. Me acusó de los daños de su
debilidad... Quiso repararlos con nuevos ultrajes y con invectivas aún más
mortificadoras. No hubo nada que no me dijera; nada que no intentara, nada que
la pérfida imaginación, la dureza de su carácter y la depravación de sus
costumbres no le hiciera emprender. Mi torpeza le impacientó; yo estaba lejos de
querer actuar, ya hacía mucho con prestarme: mis remordimientos no se han
extinguido... Sin embargo, no consiguió nada, mi sumisión dejó de enardecerle.
Por mucho que pasara sucesivamente de la ternura al rigor... de la esclavitud a
la tiranía... de la apariencia de la decencia a los excesos de la crápula, ambos
nos encontramos agotados, sin que, afortunadamente, él consiguiera recuperar
lo que debía para asestarme más peligrosos ataques. Renunció a ello, me hizo
prometer que volvería al día siguiente, y para obligarme con mayor seguridad
sólo quiso darme la cantidad que yo debía a la Desroches. Así que regresé a
casa de esa mujer, ultrajada por semejante aventura y totalmente decidida,
sucediera lo que sucediera, a no exponerme a ella por tercera vez. Se lo advertí
al pagarle, mientras echaba todo tipo de maldiciones sobre ese malvado capaz
de abusar tan cruelmente de mi miseria. Pero mis imprecaciones, lejos de atraer
sobre él la cólera de Dios, sólo consiguieron aportarle fortuna: ocho días
después, supe que el insigne libertino acababa de obtener del gobierno un cargo
de administrador general que aumentaba sus ingresos en más de cuatrocientas
mil libras de rentas. Yo me encontraba absorbida en las reflexiones que nacen