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la libertad. Tal vez inspirado en ese estúpido concepto universal de “prisionero” de que
precisamente los prisioneros no sólo deben permanecer tras las rejas, sino que también
deben exhibir sobre sus hermosas figuras el estigma de la infamia, el nuevo director,
Orlando Sumaqué, ha implantado sus asquerosos uniformes. Los prisioneros no sólo
ven que se les viene despojando de las pocas huellas que les quedan de cuando se
encontraban en la libertad, sino que hemos llegado a la conclusión de que comienza
para nosotros un sometimiento abusivo de un régimen más que arbitrario, cuyo rigor a
cargo de un asesino como Sumaqué, muchos de los prisioneros conocen desde tiempos
anteriores. Pudimos enterarnos de la grave situación en las primeras horas de la
madrugada. Cuadrillas de prisioneros se desplazan sigilosamente por los diferentes
pasillos. Ha estallado un gran motín, escuchan disparos y gritos por los lados de la
guardia externa. Luego más y más prisioneros corren por todos los pasillos, con armas
cortopunzántes y contundentes. Alguien llega hasta la puerta de nuestro pasillo y
comienza a tratar de abrir. Tiene unas llaves, pero tal vez el afán por abrirla, es
desesperante, lo que demuestra que quien trata de abrir la puerta del pasillo no puede
ser un guardián ni nadie que haya sido entrenado para desempeñar esta loable tarea.
De pronto sentimos que se abre la puerta y dos prisioneros comienzan a quitar los
tornillos que aseguran las puertas de las celdas con unas llaves fijas, tarea que cumplen
en segundos. En el mismo instante suena el eco incesante de la sirena, en señal de
alarma, indicando que algo grave esta sucediendo en la prisión. Otro prisionero va
quitando los pasadores corredizos de las puertas de las celdas y las hala con gran furia
dejándolas abiertas de par en par. Es un prisionero del patio segundo a quien conozco
muy bien. Se llama Wilson Arregocés, a la perfección por ser también de la misma
región de donde soy yo.
-- ¡Compañeros, apoyaremos el motín! Grita Arregocés. Los compañeros del patio
primero se han rebotado. Hay un motín tremendo en toda la prisión. Por tal razón
hemos venido a invitarlos a participar en la lucha para defender nuestros derechos.
En un abrir y serrar de ojos, todos estamos fuera de las celdas, aunque nos vemos con
dificultad debido a la inmobilisadora y humillante de varias semanas sin salir del
pasillo. En el segundo piso, en lo que llaman un recreo, atados y amordazados se
encuentran cuatro guardianes que han sido despojados de sus uniformes y sus bastones
de mando o bolillos, que son las únicas armas que los guardianes usan dentro de la
prisión. En este momento pasan de guardianes a ser prisioneros, de verdad que son unos
prisioneros ridículos, en calzoncillos y sin bolillos.
En el pasillo central, los prisioneros han organizado una hoguera, en ella están
quemando cuanto papel tenga que ver con los archivos de la prisión, además de los
uniformes que Sumaqué ha ordenado días antes que los prisioneros tienen que usar por
que es su voluntad. Muchos han enloquecido de la emoción y organizan un carnavalito
al rededor de la hoguera. Bailan, cantan y se pintan con las cenizas y el carbón de la
quemazón. Como para demostrarle a Sumaqué, con esto, que se está quemando su
técnica de reforma a la prisión. Pienso que para los prisioneros, esto simboliza el
preámbulo de la libertad, la bandera del triunfo por los derechos del prisionero. Mecié
Dubá, quien es el único que no ha salido de la celda, se ha puesto su mejor vestido
quedando como un GENIALHOMBRE, como él se autodescribe. También se coloca un
nuevo parche en el ojo, un fino sombrero nuevo que tiene guardado para cuando le
llegue su libertad. Un instante después se encuentra reunido con nosotros junto al fuego
de la hoguera. En sus manos porta un paquete con varios uniformes y los lanza a las
llamas, sacudiéndoselas a la vez sobre el fuego, como si con el humo se las estuviera