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Los sucesos que han venido aconteciendo, han alcanzado un ritmo de tanta velocidad,
que muy poco lo que puedo escribir. La forma en que transcurren los días, vienen a ser
como la proyección de una cámara acelerada y se convierten en vértigo en los diferentes
patios. Pienso que comencé escribiendo mi crónica y terminaré haciendo continuos
reportajes para mantener informado al país de los graves acontecimientos que vienen
sucediendo en la prisión. A este ritmo, pienso que tendré que registrar todas las
milésimas de segundos de nuestra agitada vida. Mis anotaciones son tan
extremadamente apresuradas, que me toca recurrir a los métodos modernos de
periodismo, a el cassette de mi grabadora. Los demás tendré que ingeniármelas para
poder describirlas más adelante, cuando la prisión haya pasado a una completa calma,
en el momento son infinitos los acontecimientos que la han convertido en el caos total,
la desesperación, demasiado convulsionada.
Jairo ha recobrado la libertad hace ocho días. Fue aquel, un día de muchas nostalgias
para los tres que aún permanecemos aquí, los que habíamos compartido buenos y malos
momentos con él, en este pasillo de la prisión, como son Mecié Dubá, Gustavo y yo.
¡¡¡Ah! ¡Pero como son las cosas en la prisión! Lo trágico, se deja atropellar por lo
cómico. Esto sólo puede suceder en este encierro. Fue tanta la emoción que debió sentir
Jairo en el momento de su partida, que ni siquiera se acordó de sus zapatos. El que no
tubo un instante de descanso desde que llegó a la prisión, cuidándolos y brillándolos,
porque con ellos soñaba regresar a la libertad. Pero como es la ironía de la vida, el día
que por fin encontró la libertad, perdió el sentido, en lugar de llevarse sus brillantes
zapatos que tanto cuidaba, se fue con las cotizas rotas y mugrientas que lo habían
acompañado durante el tiempo de permanencia en la prisión. Cuando nos percatamos
que Jairo había olvidado sus zapatos, colgados en una puntilla en su celda, su señoría el
“Mono Robayo” los coge, murmura:
-- Ala, que zapatos tan bellos, ¿no?
-- Si pero se notan muy tristes. Responde Mecié Dubá. Quizás se deba a la ausencia de
su dueño. ¡Pobrecitos... parecen huérfanos de pies!
El mono los sostiene en sus manos, los observa por todas partes y de inmediato
comienza a medírselos. Debe estar pensando que los brillantes zapatos significan el
camino hacia la libertad. En tan corto tiempo, su señoría el “Mono Robayo” es dueño y
señor del diario acontecer en el pasillo. Tiene una ejemplar naturalidad en sus
movimientos y modo de hablar, siempre coloca el dedo gordo en la solapa del saco,
paseándose de un lado para otro en el pequeño espacio, del ancho del pasillo, cual si se
encontrara en una sala de audiencias. En los pocos días que lleva con nosotros, da la
sensación que Robayo, ha permanecido aquí toda su vida. Ya este prisionero ha entrado
a formar parte de la intimidad secreta de nuestras vidas en el pasillo y en nuestras
celdas.
Mecié Dubá, quien se encuentra muy cerca de mí, me dice:
-- ¿Quiere usted saber una cosa?
-- ¿Qué cosas se trae ahora? Le pregunto.
