LOS OPRIMIDOS.pdf

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domesticar a los indómitos roedores. Con las cadenas mata parte de las hormigas, pero
las que quedan vivas corren desesperadas y enloquecidas, tanto más que antes, cuando
se dirigían a la caneca de basura. La multitud que lleva sobre sus lomos el féretro, se
esfuma como por arte de magia. Las cadenas acaban de desintegrar por completo lo
último que queda del zurrón, cuyas partículas vuelan por el aire, en el pasillo, en
diminutas esquirlas.
En estos momentos, Mecié Dubá expresa un pensamiento de su propia inspiración,
diciendo:
-- Si matar a un indefenso pajarito, es un crimen contra la vida, también tiene que ser
un crimen contra la muerte, la vida de un ratón, por dañino que ellos sean. ¡Es
inaudito! Grita.
Con este cuadro de horrores que acabo de presenciar, me siento asfixiado por vez
primera con el hálito de la prisión. Hasta el sol de hoy, durante todo este tiempo como
prisionero, las actividades intelectuales del pasillo, no me permitían percibir que los
asfixiantes ácidos de la prisión, han venido realizando su trabajo, consistente en ir poco
a poco corroyéndome todos los huesos con la estadía forzosa en este recinto donde
existen tantas ideas y diferentes genios, he olvidado hasta los principios básicos del ser
humano, apreciarse a sí mismo. He olvidado por completo a mis demás compañeros de
prisión, que en cierto modo, en la mayoría de los casos, no son otra cosa que una
prolongación de mí mismo. Dicho de otra manera diferente, he venido a ser un
traicionero con mis congéneres. Este espectáculo en el pasillo, por cierto aterrador, me
exhibe en traje de Adán, ante todos, eso es muy cierto, pero a la vez cumple también con
una doble función, porque me permite observar a ese auditorio que se encuentra
presenciando mi exhibición. Precisamente han sido los espectadores quienes han tenido
la virtud de quitarme esa venda, haciéndome ver la realidad destapando mi curiosidad y
empujando hacia mí, ese malestar del infortunio en el antro de la prisión.
A lo largo de todo el pasillo, siento pasearse, con sus pasos agigantados, la gran
realidad de las podredumbres existentes en la humanidad. Hasta mi celda llegan todos
estos olores tóxicos; el hambre, la desnutrición, el homosexualismo, las enfermedades
veneras, el canibalismo, la vagancia, la ignorancia, la desnutrición, la criminalidad, la
tiranía, la demencia, la corrupción, la tortura, el salvajismo, la superstición, la
tuberculosis, la brujería, el narcotráfico y hasta la roya del café, puedo sentirlos
merodeando por el pasillo, como si se dirigieran a una reunión privada entre todos estos
monstruos que infunden pánico en cualquier ser humano. Todas esas descomposiciones
de lo indeseable y de lo malo, golpean sin cesar en la puerta de mi celda, para agobiar
aún más mi cuerpo, humillándome profundamente el alma.
Para tratar de quitarme ese mal sabor que me ha dejado esta experiencia, el mal olor
que expelen los humanos cuando estamos dormidos, tengo que utilizar un frasco de
loción para la afeitada, el cual tengo que ingerirlo, me quedo profundamente dormido.
PARTE II
CAPITULO I
