LOS OPRIMIDOS.pdf

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-- ¿Qué le pasa? Se le nota muy cansado ¿No trae usted cama? Si le parece bien, puede
ocupar la mía, no es muy suave, pero tampoco talla como ese piso, además de su
frialdad y humedad.
Pero el mono permanece en silencio y en cuclillas, agazapado en una de las partes más
oscuras que tiene el pasillo, debido a que una bombilla se ha fundido. Sigue allí sin
responder nada y cabizbajo.
-- Déjelo en paz, que en estos momentos está padeciendo de nostalgia detectivezca. Dice
Mecié Dubá. Debe estar acordándose de las tácticas empleadas, agazapándose en las
sombras de la noche, abnegado en su oficio de atrapar a los criminales y hasta disparar
contra sus víctimas aunque estas sean inocentes.
A los pocos instantes hacen su aparición dos ratones que se cuelan por un hueco va
hacia el patio por el desagüe del pasillo, por los lados del baño. Con gran asombro,
todos contemplamos el espectáculo brindado por los animalitos en honor a nosotros, en
el más completo silencio. Precisamente en el mismo lugar donde se encuentra el “Mono
Robayo”, a su lado hay una caneca de basura, sale de allí un cardume de esas hormigas
bravisimas, se dispersan como locas por todo el pasillo y regresan nuevamente hasta la
caneca, como si trataran de descubrir nuevas o extrañas dimensiones en las rutas que
las demás siguen. Absolutamente seguras con rumbo hacia la basura, pero siempre una
que otra se extravía y continua buscando con su tacto, como con cierta indecisión.
Cuando de repente, viene saliendo un montón de ellas del mismo basurero y se
desplazan por el pasillo cargando a cuestas un cadáver. El espectáculo tiene todas las
características de una marcha fúnebre con destino a una sala de velación. Los
tentáculos de estos insectos, imitan a la perfección los brazos de los humanos cargando
por ultima vez el enorme peso de la muerte con rumbo al campo santo. Solo que en esta
oportunidad lo que van cargando las hormigas no pasa de ser un retostado zurrón, que a
duras penas, han dejado los gusanos de algo que días antes en vida era un ratón. En ese
putrefacto zurrón todavía se puede observar uno que otro gusano exhausto por la
ferocidad de los insectos carnívoros. No sé porque tengo el presentimiento de que esos
gusanos que viajan dentro del zurrón tienen fija su mirada en mi cuerpo, como si en el
pasillo mi cuerpo ya fuera cadáver al que ellos quisieran caerle y devorarlo,
convirtiéndome en polvo humano y que con el pasar del tiempo me dejen mezclado con
el aserrín que sacan las polillas de la madera de un ataúd.
El indefenso roedor, tal vez falleció desde aquella ocasión que los eché de menos por
su ausencia en el pasillo repentinamente. Si su muerte ha sido producida por algún
raticida, tiene que ser benigno, algo muy delicioso para los insectos y los gusanos. De
esta manera apreciamos como tienen que morir unos para que otros puedan vivir. El
ratón murió, para que los gusanos evolucionaran de sus entrañas, de la misma muerte
comiendo incansablemente hasta devorar la ultima migaja de carne, quedando sólo el
zurrón de lo que unos cuantos días antes, era un cuerpo con vida. Ahora las hormigas
llevan a cuesta lo único que han dejado los gusanos y que se convirtió en cadáver, el
zurrón putrefacto, carcomido, medio seco y mal oliente, posiblemente con el único
propósito de fertilizar sus huevecillos o tal vez para la manutención de sus larvas en los
refugios donde habitan. En esa corroña, las hormigas tienen la despensa de sus
alimentos que conservaran como en una especie de silo para esos días en que haya
escasez de comida.
Al ver esto, Mecié Dubá lanza con demasiada ironía e ímpetu, sobre el montón de
hormigas, las cadenitas que conservaba desde tiempo atrás con el propósito de
