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-- A él nadie lo tiene, está prisionero por internacionalista. Este caballero es un
especialista en relaciones internacionales, algo así como un ministro del interior, cónsul
plenipotenciario de nuestro país en lo que respecta a la paz mundial.
-- No veo en eso el más mínimo delitos para tenerlo detenido.
-- Es una historia muy larga de contar. Responde Jairo. Verá usted, estableció por su
propia cuenta y riesgo, un consulado al estilo Grupo Contadora, pero no sólo para
Centroamérica, sino con extensiones a nivel mundial, con el único propósito de ver si
ganaba el premio novel de la paz, pero se ganó fue este “canazo”, su oficina principal
era aquí en Bogotá, pero tenia sucursales en todas las principales capitales del mundo y
se dedicó a vender pasaportes falsos de todas las nacionalidades. Claro que esto no lo
hacia con fines lucrativos, sino con el fin de que el mundo entero se conociera y de esta
manera se acabaran todas las guerras que aún persisten, sobre todo la del medio
Oriente. Son incontables las prisiones de todo el mundo que se disputan el honor de
querer guardar tras sus rejas al tristemente celebre Mecié Dubá. Además, tiene un
pedido por extradición del gobierno del Perú, por otras debilidades de faldas, debido a lo
cual, constantemente vive rezando para que no sea aprobado el convenio de extradición.
Este prisionero es de los más patriotas que hemos tenido en todos los tiempos. Solamente
amante de las prisiones colombianas.
Gustavo se siente incómodo de ver la forma como se ha venido expresando Jairo, lo
interrumpe:
-- ¡Pido la palabra! Excúseme que lo interrumpa Jairo. Señor Robayo, le presento a
Jairo Castillo, quien se encuentra en la prisión sólo por una simple equivocación. Su
único delito es haber sido tiernamente sentimental.
-- Oiga, ¿usted me está mamando gallo o qué? ¿Quiere hacerme creer que tienen a un
hombre prisionero por ser sentimental? Le pregunta el “Mono Robayo” con gran
asombro.
-- No su señoría, ¿cómo puede usted razonar que le pueda estar mamando gallo? Solo
quiero hacerle saber que este inocente prisionero se enamoró a la vez de dos mujeres.
-- A mi no me venga con ese cuento. No me parece que sea un delito enamorarse.
-- Bueno, enamorarse propiamente no, pero casarse si lo es. Dice Mecié Dubá sin
exteriorizar más.
No sé por qué, pero tengo la impresión de que el “Mono Robayo” se encuentra
perplejo. Se le nota a simple vista que es un versado en extranjería, pero en cambio
jamás ha iodo hablar y menos entiende el significado de bigamia.
Mecié Dubá se desprende de su que siempre lleva en la solapa de su saco, se sienta en
la banca dándole brillo con un pedazo de trapo.
-- ¿Tiene alguna invitación especial hoy? ¿O alguna parada militar que lo veo
limpiando tanto su condecoración? Le pregunta Jairo.
