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cuenta usted con una suerte extraordinaria. Puedo asegurarle que son muy pocos los
que tienen el honor de venir a compartir una caverna como está, con prisioneros que
viven sólo para los negocios del espíritu y las almas bondadosas. Aquí tiene en primer
lugar, a Mecié Dubá, el prisionero que dice que la prisión es el único lugar de refugio
que hoy le queda a la filosofía, por ser la única torre de marfil conservada por la
humanidad. No esté pensando que aquí las cosas son diferentes, no. En la prisión, como
en la libertad, existen también clases sociales. Mire usted por ejemplo, en el patio
segundo hay un interno, ah... se me olvidaba advertirle que a este señor no se le puede
decir prisionero, es un tal Sebastián, acaparador usurero de toda clase de artículos de
primera y segunda necesidad. No duerme en celdas sino en un apartamento de lujo, con
cama doble, equipo de sonido cuadrafónico, nevera, televisor a color y hasta secretaria
privada. Este pasillo en cambio es el de los intelectuales. Aquí nadie es tan opulento en
materia de vienes materiales. Pero en fin, lo que deseo es presentárselos, aquí tiene a...
Por un instante calla, mira hacia donde se encuentra Gustavo Andrade, lo señala con
el dedo, sigue diciendo:
-- Esta eminencia que ve allí es Gustavo Andrade, novelista y un gran escritor. Solo que
las hojas que utilizaba para escribir, eran de las chequeras. Por supuesto, eran cheques
falsos, con los que falsificaba la firma del esposo de su hermana mayor.
Su señoría el “Mono Robayo” no alcanza a comprender si Jairo le esta diciendo la
verdad o si le está tomando el pelo. Es una presentación un tanto extraña. No sabe si
levantarse y darnos la mano en señal de amistad o permanecer quieto donde cayó con el
empujón del guardián. Jairo continua hablando, señalando hacia donde estoy, dice:
-- Este ve ahí, es Elí Sales. Procure tener mucho cuidado con él. Ante todo cuando le
toque, expresarse delante de un prisionero como este, cuídese de sus palabras, es el
corresponsal de prensa de la prisión, algo así como el secretario de divulgación y prensa
del presidente de la República. Elí, ahí donde lo ve, con esa carita de yo no fuí, es
graduado en la universidad de la vida y máster en la profesión de inocente en la escuela
superior de la conciencia.
El “Mono Robayo” se queda mirándome con recelo y desconfianza. Seguidamente,
Jairo señala a Mecié Dubá y dice:
-- Como ya le había dicho, este es el gran Mecié Dubá, pero se lo quiero acabar de
describir. Para un sabueso como usted, destacado en las labores de extranjería, creo que
su nombre lo explica todo sin más detalles.
-- ¿Todo qué? ¿Es qué no comprendo nada en absoluto? Interroga el mono.
-- Para que vaya comprendiendo, vamos por partes. Dice Jairo. Le daré una somera
explicación. Si la prisión no existiera, la justicia habría tenido que inventársela para
colocar el basto de Mecié Dubá en el lugar adecuado o sino haberle levantado al
prisionero reconocido.
-- Pero me parece una injusticia con este abuelito... ¿Por qué lo tienen prisionero?
Pregunta el “Mono Robayo”.