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Esta alusión, muy realista por cierto, indignó a Gustavo. La oscuridad, ha envuelto
con su negro manto todo la prisión, inyectándole en las venas a Gustavo ese
estremecimiento ausente y lejano, de la juventud y el amor que le profesa Gloria. Sobre
los rayos de la luna, que se cuelan penetrando al pasillo por las rejas de las enormes y
corroídas ventanas, Gustavo pisoteó, escupió y palmoteó con estruendosa furia y
rebeldía.
Asustados, creo, acosados por la furia y la locura de este prisionero, los indefensos e
inofensivos rayos de la luna, emprendieron veloz huida por la puerta del pasillo, sobre la
cual Gustavo tiene fija su mirada para ver llegar a Gloria, pero sólo llega con sus labios
estériles la oscuridad y no los labios de su amada y que tanto ansiaba besar. Como
siempre suele suceder en esa primera cita de amor con una jovencita de trece años. Por
temor a que sus padres se enteren de sus relaciones, la tímida oscuridad comienza a
temblar impaciente.
-- Desde hoy en adelante, ésta será su cueva Mono.
Así dice un guardián que se acerca a la puerta del pasillo, retira el candado que
asegura la puerta y empuja a un hombre que casi viene a estrellarse contra nosotros.
-- ¿Esos fueron los modales que le enseñaron en al escuela penitenciaria? ¿Qué
significa eso de que será su cueva? Le pregunta Mecié Dubá al guardián.
-- Son las ordenes que he recibido. Responde tajantemente el guardián.
-- Pero, ¿por qué? ¿No se ha dado cuenta que aquí somos demasiados? Estamos
veinticuatro y no son sino veintitrés celdas. ¿Es que Sumaqué piensa enlatarnos como
sardinas? ¿Será que tiene pensado asfixiarnos? Exclama Jairo Castillo.
-- Si han mandado un huésped más, debe ser porque a uno de los que están aquí se le
han terminado sus vacaciones y tiene que partir. En todo caso, al mono le han asignado
una celda en este pasillo, lo único que puedo hacer, es venir a traerlo. Termina diciendo
el guardián, quien cierra la puerta del pasillo y se marcha.
El prisionero que ha triado, ha quedado acurrucado simiencogido, como asustado y
muy pensativo. Es un tipo muy alto, de pelo rojizo crespo, fornido, es de comprender que
en toda su vida ha tenido una buena alimentación. Al quedar solo con nosotros, nos
dice:
-- Compañeros, mucho gusto, permítanme ustedes que tenga que presentarme en estas
circunstancias. Mi nombre es Jorge Robayo. Mis antiguos compañeros en el cuerpo,
allá en Paloquemao, todos me llamaban “su señoría el “Mono Robayo””.
-- ¿Cuerpo? ¿Qué cuerpo? Le pregunto.
-- Debe ser el cuerpo de bomberos. Dice Gustavo.
-- No, no es cuerpo de bomberos. En Poloquemao no hay ningún cuerpo de bomberos.
Les estoy hablando del cuerpo de agentes del DAS. Pertenezco al grupo de extranjería.