LOS OPRIMIDOS.pdf


Vista previa del archivo PDF los-oprimidos.pdf


Página 1...88 89 909192271

Vista previa de texto


90

-- ¿Entonces usted es un espía? Interroga, intempestivamente Mecié Dubá.
-- No, abuelito, se equivoca usted. Soy un agente secreto, no un espía como supone. He
sido un triunfador conduciendo hombres a la prisión, desde cuando me convencí en la
escuela nacional de periodismo que no servia para capturar noticias. Antes de
vincularme al DAS, mis padres quisieron imponerme su voluntad obligándome a
estudiar periodismo, pero me fue imposible aprobar los exámenes. Es que no tenia
vocación para eso.
Esta ocasión la aprovecha Mecié Dubá para preguntar lo siguiente:
-- ¿De estudiante de periodismo, vino a degradarse convirtiéndose en policía secreto, de
gato ascendió a delincuente? No está nada mal su prontuario para que en lo sucesivo
obtenga grandes triunfos en la prisión.
-- ¿De donde es usted? Pregunta Gustavo.
-- Ala, soy bogotano, mi chato. Dice Robayo. Claro que mi familia, quiero decir mis
abolengos, procedían de los Robayos de Vizcaya, somos de descendencia vasca.
El recién triado se enorgullece explicando su origen y la procedencia de su apellido,
como si eso fuera a salvarlo de las garras de la prisión, como si su apellido de alto
abolengo significara su salvación, por si acaso agrega:
-- De todos los Robayos que existen, hoy en día en nuestro país, los únicos que
procedemos de Vizcaya somos nosotros.
En esta ocasión se expresa con acentuada humildad familiar y geográfica, con una
extremada sencillez de antelación a toda complicación histórica, tal vez queriéndonos
decir con esto que es descendiente o heredero del príncipe Carlos y la princesa Diana, en
todo caso, que es de sangre azul.
-- ¿Y, qué le ocurrió, por qué lo han triado aquí? Le pregunta Jairo.
-- Me embarqué con un extranjero. Un judío viejo, es un agente vendedor de una firma
multinacional. En el aeropuerto “El Dorado” lo detuve por sospechas de ser un
narcotraficante de alucinógenos, se me disparó el arma de dotación y se murió. La culpa
no fue mía sino de la pistola que se me disparó. Es más que una ignominia lo que están
cometiendo con este servidor público encerrándome tan injustamente, no tenían porque
traerme a este lugar.
Esto lo narra con tal naturalidad, que en verdad no alcanzo a comprender cómo es
que no ha logrado convencer a las autoridades que vienen conociendo su caso, que su
delito no ha sido voluntario sino accidental.
Jairo, que sólo ha intervenido en una efímera pregunta, toma la palabra en serio, dice:
-- Para dar respuesta y corresponder a su amable atención de bienvenida, permítame
usted su señoría que le presente a mis compañeros de infortunio. En el pasillo
convivimos veinticuatro, pero sólo le presentaré a tres, que vienen a ser los altos
comisionados de la prisión, para cualquier negociación en su aspecto general. Creo que