LOS OPRIMIDOS.pdf

Vista previa de texto
81
atormentar a los prisioneros con las funciones que cumplían desde los tiempos que
solían llamarlos de la Santa Inquisición, que de santa no tenia sino el nombre; Debieron
haberla llamado la diabólica imposición. ¡Que muera el Coronel Sumaqué y su maldita
reforma penitenciaria! Exclama Mecié Dubá tirando el sombrero hacia el fondo del
pasillo.
Con gran furia, el jefe del grupo de guardianes, le descarga en la cabeza un garrotazo
a Mecié Dubá, quien se desploma sobre el piso. Los demás guardianes se esfuman en el
termino de la distancia. Uno de ellos, quien lleva al hombro el bulto de uniformes,
camina engreído por el pasillo, llevando el peso de la reforma penitenciaria. El cobarde
al verse solo en el pasillo, emprende veloz carrera y desaparece ocultándose detrás de los
muros. El comandante del patio, cierra inmediatamente la puerta del pasillo, en el más
absoluto silencio.
-- Mecié Dubá, ¿cómo se siente? Pregunta Jairo, al tiempo que le limpia la sangre que le
corre por la frente, con un pedazo de franela.
-- ¡ah! No se preocupe, no es nada grave. Musita Mecié Dubá. A la hora de la verdad,
me han dado una buena lección que no olvidaré jamás. Con esto no me quedaran más
ganas de volver siquiera a nombrar la maldita reforma de la prisión. Desde hoy en
adelante sólo me tomaré la molestia de hablar sobre las reformas para el mundo libre.
Gustavo, quien también está atendiéndolo con un vaso de agua en la mano, dice:
-- Esas son las consecuencias de todas las reformas en la prisión. La peor parte como
siempre es para los prisioneros. La guillotina, por ejemplo, fue el resultado en Francia
de una de esas reformas penitenciarias. Caso fortuito es el de Utah, donde cada cual es
libre de elegir entre el fusilamiento y la soga, como mejor prefiera morir.
Para esparcir un poco las consecuencias tristes por lo acontecido, intervengo y digo:
-- Cuando la puerta del pasillo estaba abierta, cuando llegaron los guardianes, vi
muchos prisioneros en el pasillo central. Tienen que ser prisioneros y parecen personas
del campo por su manera de vestir.
-- No es que parezcan, es que son campesinos. Confirma Jairo. Eso fue lo que me dijo
mi abogado ayer cuando me entrevisté con él. Se declararon en huelga para reclamar
tierras y les adjudicaron los amplios pasillos de la prisión.
Por fortuna, Mecié Dubá ha tenido la virtud de reponerse muy pronto, dice:
-- Para los ricos terratenientes, las reformas agrarias siempre han consistido en nuestros
campos, en hacer que las fuerzas del orden conduzcan a los labriegos a la prisión,
anticipándose con el poder del dinero a realizar por su conveniencia las reformas
agrarias de las tierras de los pobres campesinos, quienes siempre vienen a pagar los
platos rotos y los que no alcanzaron a romper.
Transcurrido un largo rato, Mecié Dubá en un tono un tanto confidencial dirigido a
mí, dice:
