LOS OPRIMIDOS.pdf

Vista previa de texto
71
-- Deje sus agüeros y no le dé tanta importancia a eso. Insiste Gustavo. Así podremos
enterarnos del contenido de su obra y ser los mejores críticos de su arte.
-- Por favor léalo, Elí. Implora Jairo.
-- Tenemos todo el derecho a enterarnos y saber como nos ha venido retratando hasta el
momento para poder saber si seguimos adelante, porque somos los verdaderos
protagonistas de su novela, aunque somos actores sin ningún sueldo. Dice Mecié Dubá.
-- En primer lugar, no se trata de una novela o algo por el estilo. Les alego. Se trata más
bien de una crónica. En varias oportunidades se los he aclarado. En segundo lugar, si
alguien tiene derechos absolutos sobre lo que escribo, no puede ser más nadie que yo.
Por lo tanto, puedo hacer lo que me dé la gana con lo que estoy haciendo.
-- Bueno, bueno, no es para tanto. Sean cuales fueren sus razones, léanos lo que sea. Así
no nos lea nada, si le parece bien, díganos cualquier mentira. Pero queremos hacerle
saber que deseamos vivir su libro, porque al fin y al cabo tendrá que ser eso. Un libro.
Es la voz implorante de Mecié Dubá, quién al pronunciar estas palabras se vuelve algo
más que insinuante, no permitiéndose ninguna otra escapatoria, más que complacerlos
en sus ideas. Estas palabras de Mecié Dubá acerca de que quería vivir mi libro,
resultaban para mí excitantes y conmovedoras. El volumen de hojas escritas forma ya
un legajo bastante respetable. Sentándome en la banca, comienzo a leerles. Mi labor
concluir sin que nadie me interrumpa y así se realiza.
En las puertas de las celdas, la mayoría presta atención a mi lectura, pero
especialmente los tres, nadie se atreve a interrumpir, el rostro de los demás prisioneros
que conviven en el pasillo, incluyendo a Jairo, no expresan nada, pero Gustavo insiste
en cada uno de mis párrafos. Todo el tiempo que he permanecido en la lectura, se le
puede ver sonriente y con cara de mucha satisfacción. Con excepción de muy pocas
veces que su cara muestra cierta amargura soterrada. Mecié Dubá se muestra un tanto
impaciente, quitándose y poniéndose el sombrero continuamente, dando muestras con
esta acción y en cada uno de sus movimientos, que se descubre en un acto de respeto y
homenaje con este humilde escritor.
No puedo precisar cuánto tiempo he permanecido leyendo lo que hasta el momento
había escrito. Pero me siento un poco cansado y mis piernas están a punto de congelarse
con la frialdad del pasillo. Mis ojos, los tengo irritados y me arden, pero no me detengo
hasta que no termino de pronunciar la ultima palabra del último párrafo de cuanto
había escrito hasta el momento.
--¡Eso es fantástico! Dice Gustavo.
--¡Es espectacular! Grita Jairo.
Puedo comprender de por sí, que todo cuanto constituye Jairo aquí, viene a ser
estímulo público, que su voz representa la voz del pueblo, con lo cual me lleno de un
profundo orgullo y muy posiblemente algo de vanidad.
-- ¿Que tal le ha parecido? ¿Si le ha gustado? Le pregunto a Jairo.
