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con palabras esa profundidad, ese espacio penúltimo del día, que en pocos minutos llega
la cerrada de las celdas.
-- En lo que a mí concierne, eligiría la silla eléctrica. Comienza diciendo Mecié Dubá.
Me encantaría sentarme en ese artefacto, siempre y cuando se me permitiera, antes de
conectarla a la corriente, disipar un poco la sed con una “Castalia” bien fría. Pienso
que no podremos renunciar del todo a las influencias norteamericanas y españolas. La
silla eléctrica, por lo menos es una de esas maneras técnicas de matar. No separa la
cabeza del tronco como la guillotina, ni resquebraja los huesos como el pesado garrote
vil de los españoles. No es inflamable como los “procedimientos culturales” que
inyectaban los alemanes, con gasolina en las venas de inocentes niños judíos. Con la
silla eléctrica por lo menos ha desaparecido toda esa barbarie de las torturas clásicas. El
azote viene a ser un suplicio sádico que solo sirve para provocar sangrías en las carnes
endemoniadas de los poseídos por los espíritus malignos. En cuanto a la hoguera, no es
más que una tortura para salvajes cavernícolas, especialmente adecuada como para
purificar la sangre putrefacta de quienes practican la hechicería en cualquier lugar de
la geografía. En equipo, toda esa ciencia de vivir o morir, se la debemos a los españoles
y a los norteamericanos, sin dejar de lado a otras grandes potencias con sus progresivos
descubrimientos, cada día más sofisticados para su autodestrucción. El descubrimiento
de la bomba atómica, los misiles, los bombarderos y la silla eléctrica a manera de
represión criminal son el “coco”. En el campo de las comodidades también han hecho
grandes aportes, por ejemplo, el corazón artificial, una forma de prolongar la vida, el
calentador de agua y la ducha, la manera más agradable de bañarse, que
comparándolos con la silla eléctrica, se constituye en los métodos más simples y
legalizados para asesinar. Hablando democráticamente, daría mi voto por ese sistema o
simplemente doy luz verde a los americanos, o sea que me disido por la silla eléctrica por
ser lo más avanzado de la ciencia moderna.
En este momento Gustavo lo interrumpe para preguntar:
-- ¿Jairo, usted que sistema exigiría para su ejecución?
Habiendo si Jairo el creador de esta alocada idea, todos en común acuerdo lo
forzamos a participar del jueguito, aunque tampoco da muestras de resistirse, entonces
dice:
-- Me encantaría ser fusilado, porque así es como debe morir todo el que se sienta
macho, con las pelotas bien puestas. Como dicen los mexicanos, los meros machos. No
me gustaría una muerte lasciva, como lo viene a ser la horca, menos puede ser una
muerte mecanoeléctrica, como si lo es la estructural silla eléctrica. De no ser posible el
fusilamiento, me inclinaría entonces por la guillotina, porque de un sólo tajo lo dejan
frito, separándonos de esta forma la cabeza del cuerpo y se acabo todo sin sufrimiento
alguno. Me gustaría morir en la guillotina por ser un sólo golpe que nos divide la vida
en dos muertes; el cuerpo queda tambaleando moribundo por un lado, por el otro la
cabeza haciendo muecas a quienes observan la ejecución al independizarse del tronco.
La guillotina es una de las invenciones ejemplares de las altas culturas francesas.
Gustavo interviene nuevamente para preguntarme:
-- ¿Ha leído usted alguna vez historias sobre el origen de la guillotina?