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-- Bueno, como decirle... Solamente me gusta leer historias y libros que tengan relación
con la prisión o con los prisioneros. Le respondo. Por esta razón no soy especialista en
esos salvajes métodos para asesinar, tampoco en ninguno de los suplicios de castigo.
En el instante mismo que menciono estas dos palabras, suenan los campanazos para
la cerrada de las puertas de las celdas. Con cada campanazo o rielazo, porque los golpes
se los dan es a un riel colgado en el centro de la prisión, el cual reparte el sonido hacia
todos los patios, se puede sentir que las instalaciones del presidio tiemblan como si se
tratara de un movimiento telúrico. El eco de cada “rielazo en estas primeras horas de la
noche, llaman al silencio Parecen las campanadas de la capilla del cementerio
haciéndoles el llamado a los muertos.
Mecié Dubá, tan pronto como nos cierran la puerta de la celda, me habla con
ansiedad, como si tuviera gran urgencia de recibir mi respuesta.
-- Oiga Elí, ¿usted que clase de muerte escogería?
Gustavo Andrade y Jairo Castillo, esperan impacientes en las puertas de sus
respectivas celdas mi respuesta. Pero, no respondo inmediatamente porque en el ámbito
naciente de la penumbra y bajo la rígida premura de los reglamentos penitenciarios,
sobran muchos espacios para llenarlos con unas cuantas palabras necias.
-- ¿Qué clase de o manera de morir preferiría usted Elí? Grita desde su celda Gustavo.
Pero mi deseo es mantenerlos en suspenso, no respondo en el instante. Aunque todos
saben que responderé por que no soy inferior a los demás. Pero de repente se sienten
vibrar los últimos “rielazos”, pregonando el silencio, en estos momentos, sólo el ruido
lejano de la libertad se puede sentir. Apenas me queda el tiempo estricto para
pronunciar estas cinco palabras:
-- Yo escojo seguir siendo inocente.
Un guardián grita desde la puerta del pasillo:
--¡Silencio!

CAPITULO IX

Al día siguiente en la mañana, Mecié Dubá, Gustavo y Jairo se encuentran muy
interesados en que les lea todo lo que he venido escribiendo. Pero les saco evasivas,
diciéndoles que eso es indigno y me resisto a leérselos. En mi concepto, ningún escritor
debe siquiera dar a conocer el nombre de una obra públicamente, sin antes de ser
editada, menos aún dar a conocer su contenido, tanto más si lo que está escribiendo aún
se encuentra inconcluso, sin siquiera haber sido revisada y corregida.