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Mecié Dubá hace una pausa para tomar un poco de aire, continúa su cátedra.
-- La gran pasión del maestro José María Vargas Vila, fue precisamente la sed de
libertad que tanto he mencionado y que jamás me cansaré de mencionar. A él le
coartaron todas sus libertades. Porque amo la libertad tanto como el Libertador, Vargas
Vila, Elí Sales y otros muchos más que defienden este derecho fundamental. Pero él
amaba tanto la libertad, decidió encadenarse y atarla a sus pies y por las tardes la
sacaba a pasear por el parque o simplemente hasta donde encontrara un tronco donde
pudiera alzar la patica como si se tratara de un perro. Puedo decir, a mucho honor, que
el ilustre Vargas Vila, era un escritor muy especial para nosotros los prisioneros. No
comprendo por qué Elí sales no ha aprendido a apreciar sus grandes obras. Cada uno de
los libros del maestro tiene diversidad de palabras y frases, que son como las gotas de un
torrencial aguacero, con las que este enterrador de mitos puede regar constantemente
ese árbol marchito y casi sin vida de la libertad. Para el inmortal Vargas Vila, la libertad
era la causa de sus desvelos; era la mujer que lo excitaba, era la pasión que lo
enardecía. Tal vez él lo único que amó en verdad en su vida, fue la libertad. Por eso me
atrevo a decir que el maestro fue un ninfomaníaco al estilo de Simón Bolívar, en lo
relacionado con la libertad.
Mecié Dubá comprende y sabe sobre manera que no habrá aplausos por su discurso.
Jairo Castillo, como ya es habitual, se encuentra dedicado a sacarle más y más brillo a
sus zapatos, los que habrán de conducirlo por los senderos de la libertad,
repentinamente interrumpe su labor para hacer una pregunta muy curiosa.
--¿Mecié Dubá, puede usted explicarme, cual es la razón por la que siempre se dirige a
nosotros y dice? ¿Señoras y señores?
-- La razón es muy simple, ¡pintor de paredes! Sólo a un inicuo pintor y lustrabotas
como usted se le puede ocurrir preguntarlo. Pues sepa que es esa la manera correcta
como debe siempre dirigirse un buen orador cuando tiene el debido respeto por las
señoras, se termina la sección.
Al día siguiente, todos estamos preocupados con las nefastas ideas de la tan
mencionada pena de muerte, que el tema de los últimos días. Es el plato fuerte en todos
los noticieros, tanto en la radio como en la televisión. Es algo comparable al zumbido de
un zancudo que revolotea incansablemente al rededor de nuestros oídos, tratando de
detenerse para enterrarnos su aguijón en alguna de nuestras venas, queriendo dejar
sobre nuestras mentes su larva de angustia y desespero, saltando a diferentes lugares y
fecundando sin cesar, una y otra vez, su propia gestación en contra de nuestra voluntad.
En las horas de la tarde, poco después de la comida, Gustavo se encuentra sentado en
el pasillo, en la banca, comienza a decir:
-- En una revista que estuve leyendo, encontré una información que me llamó mucho la
atención, porque decía que en Taiwan, existe una prisión donde los hombres
encontrándose en libertad, se ofrecen de manera gratuita para tener el honor de hacer el
trabajo de verdugos, turnándose continuamente. Esto es más que todo por darse el lujo
de asesinar con todos los legalismos del caso con la complacencia y el amparo de la ley.
Para ello, es muy placentero despojarse de esa implacable tendencia del crimen
organizado. Para el asesino que parece ser una de las necesidades fundamentales del ser