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delincuentes. Todos estos retrógrados están de acuerdo que se aplique este castigo
preferiblemente a los guerrilleros, secuestradores, narcotraficantes y en algunos casos
de asesinatos, pero no tienen en cuenta que todo esto es consecuencia de la corrupción.
La sociedad se acuerda de la barbarie de la pena capital, cada vez que oye hablar de
un crimen muy terrible. Cuando por alguna circunstancia el acueducto del orden
público presenta cualquier falla, siendo esas fallas ocasionadas por sus malos diseños y
luego tratar de arreglarlo con paños de agua tibia. Cada vez que se tapa ese tubo
conductor del agua de la tranquilidad y la paz de la población civil. Es donde comienza
el pueblo sufrido a sentir sed de sangre. Cada día surgirán nuevos y más grupos
rebeldes, delincuentes obligados por la situación que estamos atravesando, quién tiene
uso de razón no se puede dejar morir de hambre. A través de la historia se ha
comprobado que la violencia genera más violencia. La sangre derramada de los
insurgentes y criminales, lo único que viene a producir es sed en los demás criminales.
Lo más conveniente es vivir en paz y no en guerra, porque esto sólo deja destrucción y
consecuencias muy lamentables. Los violentos sólo le abren caminos a otros violentos.
No hemos sido capaces con la cultura de la prisión, si estamos ambicionando la
destructora civilización del patíbulo, posiblemente porque contamos con un pueblo
indómito, ese medio con el cual los dueños de nuestro hermoso país nos quieren
intimidar. ¿Hasta cuando tendremos que soportar el yugo de la burguesía y los
corruptos? Ellos que viven a costa del pueblo, explotando y robando al trabajador y lo
peor el pueblo no tiene derecho a protestar porque lo mantienen amordazado.
Mientras todos esos miserables prisioneros que habitan allá, en el mundo libre,
prisioneros de su propia conciencia, se la pasan discutiendo para tratar de encontrar la
manera de montar el medio más adecuado de exterminación si llegan a establecer la
pena de muerte, aquí en la prisión seguimos padeciendo con suplicios aún peores de los
que tienen pensado implantar, porque estamos condenados a esa pena psicológica y
esterilizadora de continuar viviendo sin vivir, o sea a morir de pena moral. No puedo
entender por qué la llamada sociedad se escandaliza tanto cuando se especula de
implantar la pena de muerte y lo peor es que se arman grandes polémicas en el ámbito
nacional, en la intervienen organismos internacionales defensores de los derechos
humanos. Para un prisionero esto representaría un alivio inmediato de su sufrimiento.
En cambio, todos esos dramaturgos han vivido y permanecido completamente
indiferentes ante el asfixiante y tenebroso encierro de la prisión, que sólo viene a ser un
suplicio corruptor y perjudicial contra la misma sociedad, introducido por cada poro,
minuto a minuto, como la proyección de una cámara lenta, algo similar a una
transfusión de sangre, donde utilizan el miserable cuenta gotas de esa degradación de
misma raza humana.
Hace pocos días, un compañero me comentaba que hace catorce años se encuentra
prisionero, son los mismos años que lleva luchando pero sin saber por qué ni para que.
De un momento a otro le llegó una carta inesperadamente y cual seria su sorpresa al
enterarse que esa misiva procedía precisamente de su propia hija a la que ni siquiera
conocía. La niña tiene la misma edad al tiempo que él lleva en prisión. Al compañero de
quién hago relación aquí, lo llaman cariñosamente “MAGUHER”, este se desprende de
la sigla de su verdadero nombre, el cual tengo que omitir por obvias razones. Esa tarde
me dice:
-- Seguiré viviendo y luchando.
-- Sí, ¿por qué? Le pregunto.