LOS OPRIMIDOS.pdf

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-- Me lo hace suponer su edad. Me responde. A sus años, resulta imposible que pueda
resistir con más de una mujer.
--¿Quiere usted decir... su edad?
-- Eso es lo que he querido decir, Jairo ha llegado a la edad donde los hombres sólo
podemos darnos el lujo de serles fieles a las mujeres. Además la situación no se presta
para alimentar tantas bocas.
-- Descífrenos eso mejor. Exclama Gustavo.
-- Bueno verán ustedes, lo que he querido decir es que la bigamia no es un jueguito,
menos unos pasatiempos para ancianos, eso es lo es Jairo en estos momentos. Por lo
menos, los de mis tiempos apenas comenzamos a envejecer.
Antes que le hagamos caer en cuente que Jairo es de menor edad que él y, como para
corroborar la idea de que a pesar de ser Mecié Dubá más viejo que Jairo, se conserva
mas joven que su contemporáneo, comienza a mostrarnos sección por sección las
individualidades de su complicado mecanismo externo. Poco a poco se va despojando
primero del sombrero, para continuar con el saco, la camisa y por ultimo la camiseta.
Acto seguido, abre la funda donde tiene el tatuaje y saca de allí el “pico he loro”, o sea
la navaja automática. Cuidadosamente acomoda todo sobre su cama, a exención del
tatuaje. Por la confianza que en él, he depositado, me hace entrega de su automática,
colocándola en mis manos. Mecié Dubá se encuentra desnudo de la cintura hacia
arriba, en estos momentos se dedica a realizar unos cuantos ejercicios. Me concentro en
su humanidad observándolo con la mayor curiosidad y me siento conmovido de suponer,
silenciosamente todo lo que significa este viejo con todas sus mentiras piadosas, que en
sí, no le hacen mal a nadie sino que por el contrarios, lo transportan a uno y lo sacan
imaginativamente con su inventiva. Este prisionero ingenioso significa mucho para
todos los que convivamos con él en el pasillo. Por un instante dejo de mirarlo para
centrar mi atención en el pensamiento de Gustavo y puedo leer en su mirada que está
sintiendo lo mismo que yo. No es esta la primera vez que nos sucede, son muchas las
ocasiones en que él y yo sorprendemos en nuestros ojos esa lumbre furtiva que, sin
mediar palabra alguna compromete a dos seres, en un sólo secreto, en donde con una
sola mirada, es suficiente para entenderse y comprenderse.
-- ¿Qué sucedería con este mundo si no existieran prisiones? Pregunta Gustavo.
-- Eso no seria ningún problema. ¿Qué podría ser de las prisiones si no existiera el
mundo? Le respondo.
Mecié Dubá, quién aún se encuentra haciendo sus ejercicios de calentamiento,
abandona esa actividad para intervenir y, respirando profundo, va diciendo:
-- Lo que ustedes no se han dado cuenta todavía, es que la prisión se encuentra aquí, al
contrario del resto del mundo libre que se encuentra allá afuera, donde sólo lo rodea el
viento que también es libre.
