LOS OPRIMIDOS.pdf

Vista previa de texto
61
-- No Mecié Dubá, no puedo cogitar de esa manera. Interviene Gustavo. Y la razón
consiste en que no puedo aceptar que me encuentre prisionero y que mi libertad
deambule, sin Dios y sin ley, suelta por todo el mundo.
Mecié Dubá, no se puede dejar vencer en una conversación de tal magnitud, entonces
agrega:
-- El más grande e inmortal escritor maestro colombiano Vargas Vila, no sólo afirmaba
sino que además sostenía que el perro se le puede encadenar, pero no así su aullido. Yo
también tengo mi dicho; “cuando al tigre lo encierran, no le meten en su cautiverio ese
paisaje que le sirve para matar y conseguir su sustento. Su instinto salvaje lo tiene por
naturaleza.
-- Si con eso piensa demostrarnos que para usted la libertad no deja de ser otra cosa que
un accidente de terreno, esta muy equivocado. Intuye Gustavo.
Pero antes que Mecié Dubá lo acribille con una tajante respuesta, me interpongo en
auxilio de Gustavo y digo.
-- Estoy completamente de acuerdo con lo que dice Gustavo. No puedo ver la razón para
que la libertad se pueda separar así de uno. Me puedo poner como ejemplo: Si bien es
cierto que me encuentro aquí en la prisión, mi libertad no me ha abandonado, en
ningún momento se ha separado de mí. Mi alma y mi cuerpo constituyen mi libertad y
han permanecido a mi lado acompañándome en los momentos buenos y malos de mi
diario transcurrir, de esto estoy más que seguro.
La fatigante sección de gimnasia realizada por Mecié Dubá ha tenido una duración de
diez minutos, ocho de los cuales los ha permanecido conversando con nosotros. La
suspende momentáneamente para tomarse un descanso. Luego comienza con gran
parsimonia a tratar de armar nuevamente ese crucigrama artificioso de su desbaratada
figura. Lo primero que hace es abrir el estuche que tiene en su enorme panza, algo muy
comparable a la bolsa donde el canguro protege a sus hijos, sólo que él no la utiliza para
lo mismo, sino para proteger su navaja de la vista de los guardianes.
Durante todos estos años he venido haciendo una gran colección de pensamientos y
anécdotas que no puedo excluir y menos privar de compartir con el lector. Algunos de
estos sacados de libros que he Leído en mi transitoria estadía en estos laberintos de la
prisión. Otros he podido tomarlos de apuntes geniales por cierto, de estas compañías de
hombres prisioneros que de una u otra manera han participado y aportado sin interés
alguno, en mi angustia por la libertad y los derechos de la humanidad. Lo que para mí
ha significado el verdadero aliciente para luchar y seguir adelante.
Dentro de esa misma lógica, esto me conduce también en ese mismo parámetro, a no
claudicar, no dar un sólo paso atrás. Este afán, seguramente, me ha triado al recuerdo
de entre todos esos pensamientos, una muy genial frase de Grahan Greene, muy
posiblemente por que Eduardo Molina, doctor en derecho y comunicación social, quien
no ha dejado de visitarme un sólo día y que además se ha convertido en mi leal
confidente, en la visita que me hizo ayer, me rebeló que ahora sólo se habla de establecer
la pena de muerte en nuestro país. Lo que equivale a retroceder la máquina del tiempo
doscientos años atrás. Algunas instituciones, son partidarias de que se aplique la pena
capital. Entre otros, algunos parlamentarios y gobernadores, como también una buena
cantidad de sociólogos e incluso los mismos abogados, quienes subsisten gracias a los
