LOS OPRIMIDOS.pdf

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a pagar los platos rotos, fueron acusados de ser cómplices de la toma del pueblo. Niños,
mujeres, ancianos y hombres inocentes, sin ninguna discriminación, les implantaron un
tratamiento depurativo de sangre, pero mediante el uso de las armas y las balas. Los que
no murieron el mismo día con sus cabezas desbaratadas por las balas, fueron
apareciendo día tras día, colgados en los árboles de sus propias fincas y también en los
de la plaza principal. A los cuatro o cinco días, no existía un ser vivo, contra quién la
policía pudiera hacer fuego, dispararon hasta contra los indefensos perros. Un canal de
televisión con su enviado especial, entrevistó al Coronel quien reportó completa
normalidad e informó que habían exterminado al comando insurgente. Pero la verdad
era otra, Sumaqué, no se atrevía a salir del pueblo y cada vez que pasaba por el parque,
frente a los que amanecían colgados, disparaba su arma cobardemente para repetir su
deseo de que los muertos despreciables e indefensos, pudieran volver a revivir. Este viene
a ser el “curriculum vitae” de esta joyita, el sobresaliente y eficaz hombre que ha sido
nombrado en el cargo de dirigir los destinos de este centro penitenciario, que en
adelante habrá de convertirse en un infierno dirigido por ese diablo.
-- Daría cualquier cosa por conseguir que nos dejaran salir nuevamente al patio para
recibir el sol. Exclama Jairo Castillo
-- Yo en su pellejo, me olvidaría del tal patio y ni siquiera me atrevería a suponer que
existe el sol. Le dice Gustavo.
-- Es que usted no comprende, mi vida depende del sol. Si no recibo pronto las caricias
del sol, me voy a enloquecer.
-- Entonces tendrán muy pronto un nuevo huésped en el anexo psiquiátrico. Dice Mecié
Dubá. Sumaqué con su pistola desaparecerá muy pronto el sol para siempre. Con ese
excoronel, los días se tornaran muy turbios. Debe ir haciéndose a la idea de que con
Sumaqué, definitivamente se terminó toda la hermosura del sol.
Minutos más tarde Jairo, empieza a quejarse, con una tembladera en todo su cuerpo.
Se dirige a su celda y se sienta sobre el catre. Mecié Dubá corre en su auxilio y
colocándole la mano en la frente, exclama:
-- ¡Oh Dios mío! Este hombre está muy grave. Está que arde en fiebre.
-- Debemos llamar al comandante para que lo lleven a la enfermería. Dice Gustavo. Y
comienza a golpear con un plato en la puerta del pasillo.
El escalofrío que está padeciendo Jairo es a cada momento más intenso. Es una de
esas fiebres en donde el paciente delira y expande un olor hostigaste como si la persona
comenzara a germinar en todo su cuerpo un maleficio. Los tres invadimos de inmediato
la celda de Jairo. Nos hacemos tan cerca de él, que participamos un poco del hálito
caliente que expira su cuerpo y por cada poro de su piel, lo que viene a darle a la celda
un ligero toque de calefacción artificial. En la pequeña pieza o cuartucho,
repentinamente la temperatura ha subido, viscosa y asfixiante, un tanto nociva, como
cuando las transformadoras de suerte organizan sahumerios en recintos sin ventilación
para atraer la buena suerte y alejar los malos espíritus que rondan por doquier.
Estos detalles o situaciones, son los que me permiten en la prisión el más
insignificante asomo de intimidad. Los secretos brotan por nuestros poros como nos
