LOS OPRIMIDOS.pdf

Vista previa de texto
57
-- Bueno ya no lo es. Él fue Coronel, de los muy buenos. Ahora está en uso de buen
retiro.
-- ¿Fue bueno...? Pero tal vez debajo de las ruedas del ferrocarril. Murmura Mecié
Dubá.
-- Lo único que sé decirles. Replica el guardián Casamán. Es que desde hoy tendremos
en la prisión un buen jefe. Y ahora me voy. Será mejor que el médico venga donde está
el enfermo, que no llevar el enfermo donde el médico, con sobradas razones en este caso.
Transcurren un poco más de treinta minutos, cuando aparece el señor Casamán para
decirnos que no ha llegado ningún médico. Afortunadamente, mientras tanto había
llegado mi compadre Rafael Tellez, quien por casualidad arrimó a la puerta de nuestro
patio, siendo el del pabellón cuarto. Me paso dos pastillas que saca de su bolsillo y me
dice:
-- Con eso se le pasará, lo que él tiene no es nada grave.
Corro de inmediato a la celda de Jairo, le entrego las pastillas y Mecié Dubá le
ordena:
-- Trágueselas cuanto antes, de lo contrario va a salir en libertad por el artículo 76 del
código penal.
Jairo ingiere las pastas con un poco de agua y un momento después con la misma
rapidez que le había subido la fiebre, volvió a bajársele como por arte de magia. Un
destello de victoria y alegría se refleja en la pupila solitaria del ojo cíclope de Mecié
Dubá. Se le nota en su cara esa gran satisfacción como si hubiera sido él quién realizo
ese gran milagro.
Cuando el guardián Casamán se ha marchado, Jairo se levanta de su lecho quedando
sentado en el catre para decir:
--¡Ay!, Me duelen todos los huesos, siento que me duele hasta el pelo. También me duele
la cabeza pero me siento bastante mejor.
-- ¿En algún momento llego a pensar que se podía morir? Le pregunta Mecié Dubá.
-- La verdad, lo hubiera sentido mucho. Bromea Gustavo. Sobretodo porque cuando un
prisionero como Jairo toma la determinación de abandonar este mundo, es como si
alguien tomara la decisión de morirse de muerte doble. Son raros y contados los
hombres que pueden darse el lujo de dejar dos mujeres viudas en este mundo. Muy
hermoso es tener dos esposas, eso es lo que le envidio a Jairo, porque si una está furiosa,
la otra se vuelve lo más amable y afectuosa con tal de retenerlo a su lado.
CAPITULO VIII
