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-- ¿Usted va a dormir la siestesita?
--¡De la única manera que podría dormir la siesta es teniendo con quién dormir! Me
responde.
Esto me da pie para pensar que Mecié Dubá cree que la siesta es el espacio más
indicado para hacer el acto sexual. Vuelve a salir de la celda, parándose frente a la
ventana, mirando hacia el firmamento. No quiero dejarlo solo en el pasillo y salgo tras
él. Comenzó por hablarme acerca de sus aventuras vividas cuando estuvo en las selvas
del Amazonas. Al instante, están con nosotros Jairo y Gustavo. Es verdaderamente
reconfortante apreciar su pausada y estilizada voz, con su increíble imaginación y sus
montañas de mentiras. Gustavo se acomoda en una banca de madera que permanece en
el pasillo y le dedica toda su atención con sus manos sobre sus rodillas y los ojos
entrecerrados, dando la impresión de estarse quedando dormido. Esta terapia es como
una soda, un descongestionánte tener la oportunidad de escapar de la monotonía de la
prisión, por medio de su labia y sus engaños, que a nadie hacen daño a través de su voz.
Jairo ha tendido una espuma en la puerta de su celda, mirando hacia el techo contempla
sonriente sus obras de pintura, como el más calificado crítico de arte. Pongo toda mi
atención y mi mirada hacia donde se encuentra Mecié Dubá. Su condecoración resalta
con su brillo, porque justamente encima de él hay una bombilla que con el reflejo de su
luz, hace que relumbre como una estrella solitaria en mitad del firmamento. Mecié
Dubá comienza de la siguiente manera:
-- Desde mi infancia, me han fascinado las aventuras, un día tome la determinación de
marcharme a trabajar a Leticia, nuestra hermosicima ciudad fronteriza con el Brasil. Es
una región olvidada por el gobierno nacional, tan miserable, pero también admirable.
Sus habitantes se sienten bien brasileños o peruanos, con decirles que allí los receptores
de radio y de televisión no captan señales colombianas, sino brasileñas o del Perú. Allá
me asocié para trabajar con vergajo peruano, un tal Zambrano, un desgraciado más
atravesado y cruel que un policía por nombramiento, quien había desempeñado el duro
oficio de recolector de la leche del caucho. A través de toda la historia, en el Amazonas
siempre ha existido algún hombre atravesado, sino es cruzando el río, ha desempeñado
el oficio de cauchero. El tal Zambrano y yo trabajábamos para Mister Barrette, un
gringo con una cultura envidiable pero medio loco, chiflado y también con grandes
cualidades de payaso. El decía que era antropólogo, pero se le notaba ese gran empeño
en convivir y conocer a fondo todas las costumbres de nuestro aborígenes, por que
quería demostrarles a sus paisanos de Norteamérica, con sus teorías, que sus ancestros
primitivos, eran descendientes de la industrial y pujante raza japonesa de hoy en día.
Por cierto en una de esas revistas que tiene Elí, estuve leyendo hace ocho días, que la
hija de la doctora Oliva Otero, estudia actualmente alfarería en la Universidad y está
realizando un minucioso estudio acerca del impresionante parecido que existe en la
alfarería entre las figuras haniwas, que hay en el Japón y las hermosas creaciones
quinbayas, de esa misma tribu colombiana. Teníamos nuestro campamento
precisamente en la región donde se forma todo el trapecio amazónico colombiano y la
punta más avanzada por esos lados, del extenso territorio por donde colinda Brasil con
Colombia, para explicarles mejor, entre Leticia (Colombia) y Tabatinga, que ya es
territorio brasileño.
Mecié Dubá hace un paréntesis que aprovecho para preguntarle:
