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quienes sonsacan a los hombres. En mis tiempos de adolescente, en esa bella edad y aún
hoy en nuestro país, continua siendo esto algo así como una tradición para el mal
llamado sexo fuerte. A pesar de todo esto, al pregonar estas palabras, llegue a sentir un
gran orgullo. Puedo asegurar que fue esta la ultima vez que me sentí libre de todo culpa
ante las leyes y ante la sociedad. Hoy no me puedo sentir con la misma vanidad que sentí
ese día, como sostener que soy inocente. Cuando pronuncio esta palabra, siento que mi
paladar se pone pesado, como si tuviera algo atascado contra mis dientes y la sangre que
fluye por todo mi cuerpo me hierve quemándome por dentro, muy deprimente.
Es un imposible poder medir el tiempo en la prisión. En este lugar tan solo se puede
sentir ese tiempo, como podemos sentir en nuestros cuerpos cualquier dolor. Esta razón
es por demás suficiente para liberarme cuanto antes de ese infame tiempo. Entonces
tomé la determinación de romper el reloj de pulso que usaba desde cuando me trajeron a
la prisión. De eso si me declaro culpable, porque le di muerte. ¿Para qué necesitas las
horas en este encierro? Me pregunté a mí mismo. Si le quito la vida al reloj, tiene que
morir con él, ese tiempo. Me tocó asesinar a mi reloj, porque el cautiverio me tenia
cansado con esa complicada maquinita fabricadora de segundos, minutos y horas,
inútiles y martirizantes. Además, encontrándome en prisión inocentemente, necesitaba
sentirme responsable de algún delito. Me tocó planear ese asesinato para desahogarme
con el indefenso reloj. Desintegrado el átomo, sólo restaba el instante y entonces pensé:
Si vuelvo añicos mi reloj, puedo hacerme a la idea de haber logrado mi objetivo,
destruir el instante.
Cuando estoy escribiendo lo anterior, sentimos algunos pasos de alguien que se acerca
por el pasillo hacia la puerta donde nos encontramos nosotros, es un guardián quién
llega.
-- Ese que lo llaman Mecié Dubá, ¿Quién es? Grita el Guardián desde el pasillo.
-- Ese soy yo comandante. Responde Mecié Dubá alzando su mano derecha. ¿Para qué
soy útil?
--No sé si será útil para algo, pero el director quiere verlo ya en el comando de
vigilancia.
De inmediato dejo de escribir, Gustavo quién se encuentra leyendo, suspende también
su lectura y todos enfocamos a Mecié Dubá con la mirada. Se interpone un momento de
tensión, de suspenso, que Mecié Dubá logra romper al decir:
-- Me va ha perdonar usted señor comandante, pero en este momento no tengo tiempo
para atender al señor director.
-- ¿Qué quiere decir con eso? Pregunta el guardián.
-- Quiero decir que sólo tengo tiempo para dedicarlo a mis lecturas.
-- No entiendo sus palabras. Barájemela mejor. Dice nuevamente el guardián.
-- Bueno, entonces puede decirle al señor Director que para poder hablar conmigo
deberá solicitármelo mediante una audiencia, con el respectivo conducto regular,
pasando primero a través de Elí Sales.
