LOS OPRIMIDOS.pdf

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-- Si, si... Recuerdo haber firmado un documento, pero no pude saber qué firmé. Esos
cerdos, me torturaron tanto que no tuve escapatoria sino firmar sin poder leer que
estaba firmando. Bajo amenazas, me obligaron a firmar, sin dejarme leer el contenido
del documento. Me resultaba imposible negarme a firmar correctamente. Sin lugar a
equivocación... nunca puede uno firmar tan claro y visible con una ráfaga de golpes en
los testículos y el cañón de una subametralladora incrustado en la sien. Tengo la certeza
que usted me cree, necesitaba que alguien prestara atención a mi proclama, alguien
como usted, que pusiera atención a mis palabras, por fin ese alguien lo ha enviado Dios.
-- Eso es suficiente, no es más lo que necesito.
Ofreciéndome los dedos por la cavidad de la malla, el índice y el del medio, que son los
únicos que le caven, el chirrimplin me dice:
-- Le juro que lo voy a defender, así tenga que aplicar todos los artículos del código
penal. Lo sacaré de la prisión, de eso puede estar seguro.
No encuentro que responder, además porque me he quedado sin voz. Las palabras no
pueden salir de mi garganta, no soy capaz de pronunciar nada. En estos años que llevo
en la prisión, hasta hoy vengo a encontrar una minúscula, un trocito de solidaridad de
alguien que pertenece a la humanidad. Al fin siento que me vuelve la voz, entonces le
digo:
-- ¿Usted si me entiende, verdad? Espero que comprenda que no soy un rebelde contra
nadie y menos contra el juez. Únicamente pido ser escuchado por una autoridad justa y
competente.
-- Si, lo entiendo. Me responde el pigmeo. En su caso no ha habido el más mínimo error
de justicia. La cuestión es aún más simple, con usted lo que han cometido es una cruel
injusticia. No es más.
-- Perdóneme ¿cómo es su nombre... don? Le pregunto.
-- No, “don” no, “doctor” porque no tengo ningún don, pero si estudié cinco años en la
Universidad Libre, Derecho y comunicación Social, para que cualquiera me venga a
llamar “don” como si yo fuera un vulgar delincuente o un representante a la Cámara de
las provincias y costa de los dineros calientes. Aquí tiene mi tarjeta. Mi nombre es
Eduardo Molina. No se le olvide, soy el doctor Eduardo Molina.
Se va sin despedirse y sin volver a dirigir la mirada hacia mí, por su actitud, pienso
que tal vez debió molestarse por haberlo llamado “don”. Pero la cara satisfacción que
muestra el guardián, quien ha permanecido muy cerca de mí, me da a entender todo lo
contrario. Con su mirada, me confirma que Molina, el doctor en Derecho y
Comunicación Social, se ha marchado convencido por el prisionero desvalido que hace
mas de seis años vive y duerme, protegido por los muros de la prisión, que aún debe
continuar pernoctando en ella.
A propósito de muchachas, ablando un día sobre este tema, tuve la osadía de hacer un
comentario, de que no había conocido mujer alguna con respecto al campo sentimental.
Todos en el pasillo se quedaron mirándome de una manera muy extraña. No creo que
haya un hombre que no pueda entender, que son las mujeres, con algunas excepciones,
