LOS OPRIMIDOS.pdf

Vista previa de texto
43
-- Todos tenemos un grado de locos, pero efectivamente, doctor, hasta hoy... o mejor
hasta este momento, me vengo a enterar por qué me tienen tras las rejas, llevo más de
seis años en prisión sin saber realmente porqué.
-- ¿Más de seis años? ¡No, no puede ser! No me mienta.
-- No le estoy mintiendo. Le estoy diciendo sólo la verdad, mentirle a usted seria
engañarme a mí mismo, me duele tanto recordar, que me avergüenzo decírselo a los
demás, todo esto me acongoja, se lo juro.
-- Que estas cosas puedan suceder, me resulta increíble. Dice el chiquitín.
-- Increíble pero cierto doctor, a mí me esta sucediendo. Cuando todo esto comenzó elevé
protestas, luché y reclamé, pero de nada valió. En mis reclamos no hubo quién me
prestara atención. He tenido que conformarme con mi resignación. Con decirle que ni a
la prensa le prestaron atención por mas de que en la mayoría de los diarios pedían
justicia con respecto a mi caso.
-- ¿Puede usted jurarme que es inocente? Es muy importante para mí y para usted, no
me comprometo a salvarlo de no ser así. ¿Es usted capaz de jurármelo?
-- Si mi salvación está en jurar, entonces mi alma ya está en el cielo. No quiero decir que
sea yo un santo, pero le aseguro que mi palabra tiene mucho más valor que mi
juramento, por eso le puedo asegurar que de lo que se me acusa, soy completamente
inocente.
Por vez primera me siento avergonzado de tener que decirle a un desconocido que soy
inocente. Y algo tan curioso: Es también la primera vez que me invade un sentimiento
inesperado. Pero lo dicho, dicho está y tarde para retirar mis palabras.
Todo esto me deprime y me duele, no por encontrarme en la prisión, sino por estar
pagando un crimen que no he cometido. Tengo que sentir remordimiento por no haberla
matado, pero también siento nostalgia por ignorar, ni saber siquiera como era ella, por
no haberla conocido. El abogadillo me mira fijamente, como si con sus ojos me
estuviera esculcado mi conciencia. No puedo saber si se encuentra asustado o siente ira
y asco contra mí. Se quita las gafas y se las pone continuamente, limpiándolas con un
pañuelo facial. Su confusión es tal, que su color y su manera de hablar ya no es igual
que en el momento de nuestro encuentro. Tartamudea y su rostro es completamente
pálido. Lo que sí puedo adivinar por su forma de mirarme, es que a pesar de todo me ha
creído, de eso estoy seguro. Puedo ver que este pequeño abogado, un desconocido para
mí, ha descubierto en su cliente, la sinceridad y la honradez, ha olfateado con su limpia
nariz el candor de mi inocencia. Por medio de su penetrante mirada, ha captado todo el
mal que me han causado con tanta injusticia que existe contra los seres desvalidos.
Tanto él como yo, podemos darnos cuenta que ni existen mentiras de parte y parte. Pese
a su estatura, este hombre es gigante en palabras. Entonces vuelve a interrogarme:
-- ¿Dígame una cosa, cuando lo indagaron se declaró usted culpable? ¿Ha firmado
algún papel? ¿Firmó algo en el F2 que lo comprometa? ¿Que usted haya confesado?
