LOS OPRIMIDOS.pdf


Vista previa del archivo PDF los-oprimidos.pdf


Página 1...40 41 424344271

Vista previa de texto


42

-- ¿ Es usted Eliécer Sales? Interroga el hombrecillo.
-- Si, si... ese es mi nombre.
-- He venido a ofrecerle mis servicios profesionales como abogado.
Todo esto para mí es tan extraño, que no encuentro con que palabras responderle.
-- Soy abogado penalista. Insiste el pigmeo.
Casi entre los dientes, tímidamente, digo:
-- ¿De parte de quién viene, cómo es que sabe mi nombre, quién lo ha enviado?
-- Cálmese, por favor, no vengo de parte de nadie, estuve ayer en el juzgado donde cursa
su caso y me pareció muy interesante.
-- ¿Y habló con el juez?
-- Si he hablado con el juez. ¿Por qué le parece muy raro?
-- No... no, el que usted haya hablado con el juez no se me hace nada raro, al fin y al
cabo tienen la misma profesión. Mi extrañeza consiste en que al fin la justicia haya
encontrado un juez para mí.
-- Es un juez que está recién posesionado y el mismo me ha recomendado su caso. Hasta
me dijo que se habla mucho acerca de su expediente y que es preciso resolverle la
situación jurídica sobre su crimen. Por lo que me dio a entender, usted continua
sosteniendo que es inocente.
-- ¡Óigame doctor, no es que lo sostenga, es que soy inocente, porque no he cometido
ningún delito!
-- ¿Conocía usted a esa muchacha?
-- ¿Qué dice? ¿De qué muchacha me habla usted?
-- Bueno para comenzar, debemos ser francos, precisos y concisos. Le hablo de esa niña
que fue encontrada en su apartamento estrangulada.
-- ¿En mi apartamento? ¿Estrangulada?
Oh Dios... Me digo para mí mismo. ¿Qué es esto? Me resulta imposible contenerme y
comienzo a reír con un nudo en mi garganta, hasta que se me saltan las lágrimas. Es
una risa como de ultratumba, casi ahogada. Una risa desenfrenada, hasta el punto que
el abogado me dice:
-- ¡Está usted completamente loco! No me venga con el cuentecito de que no la conocía.
Tartamudea un poco y se pasa la mano por la frente.