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-- ¿Cuánto papel? Pregunta el guardián.
-- Cuanto más pueda traerme, es aún mejor.
-- ¡Pero tiene que darme más dinero!
-- Perdone usted, comandante tanta molestia, pero ahora no tengo sino esos cincuenta
pesos. Si me trae el lápiz y suficiente papel, le pagaré el excedente, se lo prometo.
-- Si comandante, por la plata no se preocupe, que de eso no hay. Dice Gustavo.
-- ¿Qué? ¿Va a implorar clemencia al señor Presidente de la República? Pregunta el
guardián.
--¡Oiga comandante! ¿Y es que el señor presidente si tendrá clemencia? Interroga
Mecié Dubá interrumpiendo.
-- Mire, caballero, no se debe hablar mal del señor Presidente. Reposta Gustavo. Si
quiere usted desahogarse, debe hacerlo con el ministro de Justicia, aún mejor, hágalo
con los jueces.
--¿Pero en realidad, todo ese papel es para escribirle al señor Presidente? Interviene
nuevamente el guardián.
-- No, comandante. Él está escribiendo una historia relacionada con lo que le ha venido
sucediendo en la prisión. Interviene Mecié Dubá otra vez.
-- Si, es cierto, si no me están tomando el pelo, le traeré no uno, sino muchos lápices y
una resma de papel. Expresa el guardián con gran complacencia.
Estas palabras pronunciadas por el guardián, me conllevan a reflexionar en
referencia a lo que narraba días antes refiriéndome a él, ya que tenia un mal concepto y
hasta creía que me tenia mala voluntad, cuando le pedía que me prestara con que
sacarle punta al lápiz.
-- Por Dios, comandante, tráigale lo que pide. Expresa Gustavo desde su celda. Se lo
ruego encarecidamente, de lo contrario no podré recuperar mi bolígrafo.
El guardián sale con Jairo y todos quedamos en tensión, como en un suspenso
colectivo. Nuestros ojos acechan en la penumbra del pasillo. Es algo inevitable que nos
sucede, siempre que alguno de nosotros es sacado y llevado hacia algún lado; una
perspectiva de evasión excepcional invade nuestro pensamiento, inpacientándonos a los
que nos quedamos. Esto sobre todo entre los cuatro que somos más unidos. Si alguno es
sacado del pasillo, es la oportunidad aprovechada por los que quedan para poder rajar
libremente, a espaldas de quien ha salido. Los cuatro en este pasillo, formamos pues, un
excelente e insondable bloqueo de todo ese enigma. Pero... Otra cosa viene a ser que
alguno se ausente, menos mal que los ausentes no pueden oír ni ver, menos sentir,
porque es la oportunidad aprovechada para correr el telón y examinar al máximo sus
defectos y virtudes. Aunque en el pasillo hay muchos prisioneros más, nosotros cuatro
juntos, pero no revueltos, somos cuatro desconocidos entre nos, a pesar que siempre